24 ago. 2016

El Aspergillus Niger




El Aspergillus Niger se estaba cebando con el papel del cuadro, ese que me regaló Ana un día de sol, el de la reproducción de Gaugin, Músicos y bailarina. El papel colonizado por el moho que se había instalado en él como una tribu de quinceañeras en un centro comercial, iba tomando por días una variedad de matices desde el color rosa intenso, morado, hasta el negro.
No sé si me gustaba más el cuadro de Gaugin, la colonia de aspergillus o el vecino, cuya humedad filtrada estaba desencadenando lo que comenzaba a ser un drama.
Cada vez que me sentaba al escritorio junto a esa pared, el olor a moho me invadía las fosas nasales y los bronquios. Intentaba escribir y tomarme el enésimo café, pero se me desencadenaba un crisis de estornudos que me obligaba a volver a empezar.
Para consolarme me dio por fantasear, otros beben vino, pensando que mi vecino me estaba tirando los tejos de una forma muy original. Con tantas visitas yo a su casa y él a las mía acompañados de los técnicos de los seguros y los fontaneros, a modo de carabinas, ya empezábamos a tenernos simpatía a pesar de las humedades.
Se me ocurrió hacer testamento e incluirle a él para que heredara mi casa, mi cuadro de Gaugin y esos aspergillus tan bien cultivados que teníamos a medias.
Siempre fui un poco tiquismiquis a la hora de ligar.
Y aquí estoy ahora elucubrando cómo deshacerme de su cadáver, que me ha caído como un cólico biliar amargo e imprevisto.

Imagen: Rita Udina

27 mar. 2016

Absinthe



Ausente voy, envuelto en mis delirios y en absenta.
Me buscas pero no me encuentras. Me he ido a algún viaje a otro planeta. Ya sabes, puedes hablarme, pero luego te dará igual, porque no me voy a enterar. No sé si esto es intencionado o es una evasión involuntaria. Creo que tengo triple pensamiento, porque por un lado te miro mientras me interrogas sobre algo y me concentro en esa pestaña que siempre se te mete rebelde en el ojo izquierdo cuando te las cargas de rimmel. También voy pensando que este año el cambio climático me está resecando como a un olivo. Pero sobre todo ando liado en descifrar los datos de la última aplicación que me he descargado en el smartphone. Me he abducido a mí mismo, pero no sé dónde aparqué el último platillo volante.
Tú sigues erre que erre intentando mordisquearme el lóbulo de la oreja, decirme lo mucho que me quieres y hacer planes para cuando vayamos a Ali'ite.
Y yo acabo de ver a un demonio que me tiene muy preocupado, porque cada vez aparece con más frecuencia, sobre todo cuando le he dado a la absenta. Es una especie mixta de beduino, mujer barbuda y buitre. Algún día te lo dibujaré con el aerógrafo en la pared norte de tu dormitorio. Me habla en un idioma que me cuesta entender. Mientras me vas arreglando las uñas para que te rasque el lomo, dices, él me va diciendo que te muerda yo a ti, algo así como que te fagocite el corazón y me lo lleve yo puesto por si alguna vez necesito un trasplante.
Como tú eres más persistente que el demonio, se está desvaneciendo, se me desvanecen la absenta y la ausencia. Vuelvo a ti. Y vuelvo a recordar que eres una mujer preciosa, además de reconcentrada como los caldos de carne, sabes a sal de roca.
Voy  tener que aterrizar.


17 dic. 2015

Con tu pelo blanco




Te imagino con tu pelo blanco, aunque todavía eres joven, con esa nariz aguileña de patricio romano y el gesto emocionado de Leonard Bernstein dirigiendo la novena de Beethoven. Pienso en ti, mirándote desde abajo porque me quedas muy alto contemplando el mundo con los ojos místicos, inmensos como cuevas de Alí Babá, y te veo al fondo ese resplandor verdoso dulce, maligno, férreo y lleno de dudas.
No sabría cantarte ni contarte el romance del príncipe verdoso, pero te lo imaginas. Tampoco sabría cantarte ni contarte himnos a la alegría, ni patéticas, ni claros de luna, porque me quedé sin voz antes de que aparecieras.
La voz que oyes es virtual, una grabación, una programación de cuando yo era ardilla y corría por los bosques. Sólo puedo ofrecerte ese regalo. Así puedo contarte cómo las hojas de abedules y castaños cayeron en una rebelión ocre y marrón. Fue cuando mi pelito también empezó a ponerse blanco, aunque mi nariz sea chata y no dirija orquestas ni equipos.
Te imagino con las arrugas de pensar, de sufrir, de reír, de dormir para olvidar. Y con las arrugas de dolor de estómago que te produce pensar en mí.
Como estoy muda, el programa de voz que toca para hoy, proyectado desde cuando yo era adolescente, te va a contar cómo las hojas brotaron verdes entre helechos y se rieron con las cosquillas de los gusanitos de seda y las mariposas.
Porque para escribir necesito dejar tiempo para sentir y no hay espacio para más.
Y sonará un beso.
Y oirás un latido.


Concierto de Berlín: The Berlin Celebration Concert - Beethoven, Symphony No 9 Bernstein 1989



Foto: https://en.wikipedia.org/wiki/Leonard_Bernstein 


7 dic. 2015

Dra. Ballénez



¡Vaya, otra vez!
Mari Curri, vestida con su uniforme de urgencias, es una fenómena.
Quien dijo que el hábito no hace al monje estaba equivocado, cuando ella se pone su ropa azul y naranja, salta, corre, vuela y hasta piensa. Se lo pasa bomba cuando los chicos la llevan de paseo en la ambulancia para que salve vidas, o al menos lo intente, si se dejan.
Los compañeros se dirigen a ella como Dra. Ballénez, porque como anda sobrada de mollas, michelines y lorzas se ve obligada a trabajar con faja de ballenas para disimular. No, no es que sienta pena, bueno y tampoco gloria, sólo se nota un poco incómoda, tanto por la opresión de las ballenas como por la presión de sus colegas, que se empeñan en que deje el bocata y el chocolate como armas de segundo uso.
Su marido Bartolo, que es muy delgadito, se siente muy atraído por ella, sobre todo en el colchón. Duerme agarrado a una esquina del mismo, para no resbalarse en la cama y hundirse bajo su personalidad. Es más, cuando ella está de guardia, duerme abrazado a una bombona de butano para mantener los equilibrios interpersonales.
El martes pasado ocurrió un drama, fue necesario hacer RCP a un señor que estaba muy muerto. Mientras ella manejaba la vía aérea no hubo problema, lo malo fue cuando relevó al técnico de la ambulancia para mantener el ritmo realizando masaje cardiaco. ¡Ay, pobriña!, el señor resucitó por un rato, pero a ella se le clavaron todas las ballenas de la faja en los híjares y se le produjo un neumotórax y tuvieron que llamar a otro equipo para rescatar a la rescatadora.
En la cama del hospital, ha dicho que ese no será su lecho de muerte y, haciendo una concesión sin precedentes ha prometido por San Cacao bendito, dejar de darle al diente y la galleta por las noches.


20 nov. 2015

Musgo invertido





El otoño me ha puesto hojas secas, musgo y moho en el corazón. A ratos se me levantan ventoleras en la cabeza y a ratos se me llenan de agua y barro los ojos. Un tilín de desesperanza me hace dar pasos de oso buscando guarida. Por suerte amenaza el invierno con ponerme un bloque de hielo para aplacar el hervor de mis ideas y dormiré hasta el próximo rayo de sol.




13 nov. 2015

Unas tetas muy bien puestas




Género no erótico.

Mi amigo Pablo me había estado dando la lata varios años con la misma monserga: "Niña qué tetas más bien puestas".
A mí me tenía bastante preocupada el que él se sintiera de menos a mi lado. Yo no tenía la culpa de que él no tuviera tetas, pero, al fin y al cabo, era un amigo del alma física y psíquica.
Yo, por más que me miraba, no veía ningún misterio en aquella maravilla arquitectónica (así lo consideraba él), los métodos de sujección eran exactamente los mismos que los que pudiera tener cualquier otra colega de fatigas. Pero decidí ser generosa y hacerle un buen regalo para su cumpleaños.
No, no os vayáis a reír, que no es nada fácil cortarse las tetas con un cuchillo de cocina si no está bien afilado. Se pueden quedar cortes con laceraciones y resultados antiestéticos. Fue un poco doloroso, pero mi amigo bien valía un peine. He dicho peine.
Las tetas además son muy suyas. Bueno, son mías, pero tienen como vida propia y se escapan rebotando por donde han venido con una caída y una elasticidad mal calculadas, son advenedizas y se adaptan con dificultad a los designios de quien desea retenerlas. Tuve que luchar un rato largo para lograr algo decente. Finalmente lo conseguí. Y me alcé triunfal, algo ensangrentada pero triunfal, con el tesoro. Corrí a congelarlas para evitar deterioros por efectos del irreverente tiempo.
El día de su cumpleaños, mi amigo me recibió con los brazos abiertos. Siempre me había dicho con una risa que yo no acababa de comprender que siempre estaría dispuesto a besarme si yo prometía no mover las tetas. Y en este caso cumplí sus deseos. No las moví. Las llevaba empaquetaditas en una cajita isotérmica y las mantuve quietas mientras él me besaba con parsimonia y algo mosqueado.
Me miró y me notó rara. Como si no me reconociera.
Yo le dije "¡Sorpresa! ¡Feliiiiiz, feliiiiz en tu díiiiaaaa!" Y con mi escopeta de silicona en ristre, la que usaba para las losetas sueltas del cuarto de baño, me dispuse a dejar bien pegadas en su pecho mis tetas. Pero no había contado con un accidente topográfico: él tenía pelo, mucho pelo, y las tetas se quedaron a medio pegar, como colgadas de un balcón, algo mustias y desoladas.
Aunque he de decir que por fin pude comprender el tono de admiración que mi amigo siempre había traslucido cuando, con esa cara de arrobo, me dediqué a abrazarle yo.

Foto http://www.blogdehumor.com/category/fotos-graciosas/



7 ago. 2015

Marisopli




La Doctora Garbanza es un hacha controlando a sus pacientes diabéticos, pero ella luego se pone morada a leche, colacaos y galletas. Es un pelín adicta al trabajo, pero sólo en horarios laborales y fiestas de guardar. Le gusta una ambulancia más que a un niño el chocolate belga. A ratos se sobrecarga, se le electrizan los pelos de Gorgona y estalla en tormentas de furias un tanto melodramáticas. Luego tiene que ir recogiendo los vidrios rotos y pidiendo perdones por las esquinas. Pero se le desencadena el chorro de voz dulce de disculpa de niña buena y hasta los káiseres se le derriten. Es una profesional de la segunda oportunidad.
Anda algo enamorada de su propia sonrisa. En realidad siempre sueña con enamorarse de la sonrisa de otro, pero se hiela en sus viajes a la irrealidad y se deja derrotar por sus temores. Nacida para león, se quedó en hormiga ruda, palpando el mundo con antenas demasiado sensibles para sostenerla. O quizá se convirtió en tortuga, como suele suceder en todos los autorretratos, con exceso de conchas, pliegues, arrugas, recovecos y pensamientos largos.

Madraza.

Cacho pan.

Pierdegafas.

Curamártires.

Elefanta todoterreno.

Juanetes de trotamundos que siempre giran en torno al mismo eje. Pies de abadesa carmelita descalza. Fundaconventos inútiles.

Paraguas de desiertos.

La Doctora Garbanza heredó el don de aspirante a la longevidad. Reanimadora de plantas de terraza que murieron hace años, a las que contempla con ojos miel, algo ovejunos, como reflejo de sus vaivenes. Pero siempre con deseos de vivir, a su pesar, no de vegetar.


Soledad González Fernández

19 mar. 2015

Pinto tus raíces


Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.


[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]

De sogas y semisuicidios


No era agua. Estaba lloviendo, pero no era la gotera de siempre lo que caía sobre la cara de Eutiquia. Eran trozos del techo, que le estaban cayendo en la cara, mientras contemplaba embobada ese espectáculo, espanzurrada en la cama. Se sintió ruin por no haber llamado a los albañiles a tiempo. Pero cambió de idea cuando oyó además una especie de grito y otro batacazo en el suelo, digo en el techo, de su dormitorio. Con el pijama lleno de manchas, porque había pasado tantas horas delante del ordenador que no había tenido tiempo de lavarlo, bajó con prudencia de la cama, se puso las zapatillas, esperando que algo resolviera ese misterio, para no tener que moverse y poder volver a roncar con soltura, y subió a casa del vecino.
Nadie abrió la puerta. Volvió a por la llave que tenía para regarle las macetas en sus ausencias y entró sofocada, pidiendo mentalmente que todo fuera una tontería. No estaba ella para esas incomodidades.
Allí estaba Genaro, tirado en el suelo, con una soga alrededor del cuello, la cara muy moradita y un priapismo algo vergonzoso. Pero no, no estaba muy muerto del todo, aún hacía chirivitas con los ojos y sacaba la lengua intentando decir algo.
Eutiquia siempre había sido algo pava y tardó en comprender que ese señor, su muy estimado vecino, debería haberla avisado, porque con estas cosas los precios de las viviendas se devalúan. Pero en un arranque de caridad, se lo perdonó y corrió a por el cortaúñas que estaba sobre la mesilla, le costó bastante romper la soga.
Genaro pudo incorporarse y extracorporarse, es decir, no sabía muy bien qué hacer, pero se agarró a Eutiquia en un arranque de simpatía y los dos volvieron a caer al suelo, ¿qué digo al suelo?, al techo, al de ella, y dieron un cebollazo en la cama de ella, como era de prever. La vida sedentaria y las dietas de usuario de ordenador, que son poco sanas, ya se sabe. Fue así como el amor surgió del delirio de un semisuicidio.
Fin, por supuesto.

1 oct. 2014

La enfermera y el motorista





          El motorista, que se ha dado una torta impresionante, ha tenido mucha suerte, sólo ha salido con excoriaciones y contusiones de todos los formatos, colores y dolores, pero está vivito y coleando. 

La enfermera de urgencias comienza a curarle con paciencia, parsimonia y dedicación exclusiva, avisándole "aquí te va a doler", "esto te va a escocer", "esto se te va a curar mal"...

Él es morito de toda la vida y ella rociera de toda la vida también.

Ella va con cariño dejándole limpio, pulcro, lleno de antisépticos, cremas y vendajes. Y le dice con su acento andalú gracioso y tierno "¡ay, corazón, si es que pareces un Cristo de Medinaceli!".
Se ríe a carcajadas, esparadrapo en ristre y mira de reojo a la médico y pide su opinión, "¿a que sí, doctora?, ¿a que se parece al Cristo de Madinaceli?". 

La médico mira sorprendida a la enfermera y a ese ecce homo, sin saber muy bien qué cara poner ante el mundo musulmán convocado en torno al paciente, pero se cachondea de la enfermera, alucinando por la comparación, y dice "sí, le falta la corona de espinas".
Él se ríe con ojos negros y pícaros. Aún no conoce muy bien el idioma y no comprende con exactitud todo lo que ellas dicen, pero su amigo se lo traduce y la enfermera le da todo lujo de detalles de lo que es un cristo de Medinaceli con todas sus heridas.

Los dos se ríen y se sonríen, cómplices de la conquista. 

A la hora de ponerle la vacuna antitetánica, él remolonea, está en Ramadán y no tiene muy claro si debe o no. La enfermera, jeringa en ristre, asertiva (y marimandona) como ella sola, le explica que es una inyección para evitar una enfermedad seria, que no se come y (con tono experto) que no va en contra del Corán.


El diálogo entre ellos es tan gracioso como interesante.
El amigo intérprete y la médico observan y escuchan divertidos.
La escena finaliza con un profundo gesto de agradecimiento por ambas partes, la enfermera por sentirse tan útil y 
él por la atención prestadaY hace mutis por el foro tan hermoso como sus vendajes.


Imagen: airgam boys

11 feb. 2014

Achtung! Mujer parapetada!




Érase una mujer parapetada.
Esto era una mujer Queveda a una metralleta de letras pegada.
Érase una mujer con el dedo en la anilla de la granada.
Esto era una que se armó con un arsenal de eficiencia laboral.
Érase una inquilina de un tanque de renta antigua.
Esto era una mujer de sonrisa acartonada comefugitivos.
Érase una mujer gallina clueca cuidadora de pollos ya muy creciditos.
Esto era una auténtica mujer-soldado-gallina.

Y para colmo sin casco.


Foto mujer-soldado

22 ene. 2014

El ictiopondrio maldito


Nononononon, que estoy hartita de ir a la compra y que me den gato por liebre, como si yo fuera tonta, que ya sé que lo de mi alopecia hace pensar que tengo el cerebelo donde tendría que estar el cerebro, ¡pero no!, ¡no señor!, que a mí me dieron un premio en el colegio por inventar un sistema para que no chirríe la tiza en la pizarra, que estoy hasta las napias de que me gitaneen, que si yo he pedido anguila para cocinarla en su propia tinta, no sé por qué tienen que colarme ictiopondrios en la bolsa, que luego van y te lo ponen todo perdido. Pero es que el ictipopondrio que me dieron el otro día en el mercado de la Buena Vista era el colmo. Me dejó todo el sofá lleno de huellas de sus patitas y se comió la maceta de violetas africanas en 5 décimas de segundos, luego se tiró a la cisterna del WC y se puso a nadar con todo desparpajo, a sus anchas. Y mis amigos que iban a llegar en tres cuartos de hora y yo sin hacer la comida. Cacé o pesqué al bichejo, que la verdad es que ya no sé lo que hice, porque me obligó a correr por toda la casa, el portal, la portería, el patio de vecinos y el almacén de bicis, que ya iba boqueando él, buscando agua aunque fuera de estanque, y ya iba boqueando yo, porque me pesan los kilos, bueno y los años, porque no bebo agua mineral, pero al final cayó en mis redes, o mejor dicho en la espumadera y lo tiré a la sartén que ya estaba con el aceite humeando. Me dio un poco de pena el pobre animalejo, pero es que la comida de primeros viernes de mes con mis amigos es sagrada. Antes íbamos a hacer novenas.

15 dic. 2013

El lento calentamiento cojoncial




- Ese no es tu hombre biológico - le dijo un amigo, secándole las lágrimas con paciencia.
Marisa puso cara de niño gateando, con tijeras en ristre, que descubre un enchufe en el que encajan las dos puntas.
- ¿Y qué es el hombre biológico? - preguntó, temiéndose la respuesta.
-  El que te levanta las hormonas.
- Aaaah - ...es que no se le ocurrió ningún comentario más inteligente.
Está claro, la culpa la tiene la pituitaria. La nariz. El olfato. El que conecta con el estado cerebral "taxi disponible".
Su hombre biológico probablemente era más de retina,  de lo visual, del ojo abyecto... más de grafismos y audiovisuales. Pero a ella le gustaba desmarcarse para dar la lata y era algo cansina. De serie.
- Ya está, aquí no huele a feromonas y no hay remedio, ¿es eso? - dijo ella.
Y su consejero espiritual, con olor a arroz blanco cocido y yoga del puro, asintió con la cabeza.
- Vaya. Por eso encajo con Cristóbal y no con Alfredo, con Fernando y no con Luis, con Miguel y no con Ángel, ¿no?
- ¡Paaaaaara, mooozaaa!, ¿a dónde vas?, no hay tantos hombres biológicos.
- ¿Ah, no? - dijo la aprendiza, con cara de comprender que meter las tijeras en el enchufe quema - Vale, si tú lo dices, te creo, pero lo que yo pienso no siempre es lo que creo.
- Nena, Ernesto te la está pegando, y a tí te encandila porque su cerebro privilegiado le ha llevado a ser el presidente de la Liga de Antifaces de Cartón Couché. Ya lo dijo Mr. Wilde, llamarse Ernesto es fundamental en esta vida.
- Aaaah - insistió Marisa con su comentario literario de alto standing.- pero me estoy liando, ¿no íbamos a tomarnos unas cervezas para hablar sobre  el futuro del tantra occidental?
- No, corazón, tú sabes perfectamente que el aroma del lúpulo te puede desorientar.


Foto:Mandrágora: http://www.mind-surf.net/drogas/mandragora.htm

6 nov. 2013

Bicicuta



Bien. Creo que no es necesario aclarar que mi tipo dista bastante del de la chica de la foto, pero no mis intenciones. Necesito que el mundo sepa que un ser subido en una bicicleta es un ser/objeto tierno, frágil y perecedero. Sobre todo perecedero, porque lo cierto es que mis escarceos amorosos con mi bici han sido de peli de terror. De hecho la he bautizado con el dulce nombre de "Bicicuta", y no porque intente envenenarme, pero sí porque me consta de forma fehaciente que intenta asesinarme.
Y mira que voy yo mona con mi casco más grande que mi cabeza, aunque haya sido difícil encontrarlo, mis guantes para proteger mis manos, aunque no sean de seda, y mis lucecitas de pilas que avisan a los demás de que voy para allá y más vale que se quiten, ya que mi pericia pedalística aún está por demostrar.
Mi bici es pequeña, ligera, plegable, suave y juguetona como Platero cuando acariciaba con el hocico las florecillas gualda. Es de acústica algo dañina, porque emite un chirrido con uno de los frenos como si fuera el orgasmo de una ballena. No me deja pasar frío, me engaña dando imagen de escuálida figura ingrávida. Pero pesa, es densa, y en cuanto me descuido intenta tirarme del sillín sin ningún miramiento. No puedo sonreír a otros ciclistas que pasan, porque se pone nerviosa y me hace caballitos y me tira al suelo para que me dé un guarrazo.
Eso sí, se ha acurrucado en el maletero de mi coche, así, de ocupa metálica. Y en el fondo me da pena, no tengo corazón para desahuciarla.


foto: http://www.todohumor.com/humor/imagenes/paseodeunaciclistanudista/

4 nov. 2013

Mi Santo Sky


No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?... sólo quería decirte que pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia hasta para morirte era digna de litros de literatura, o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte, sólo pude incinerarte en vida, mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras pariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las mocas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.


Mi mosca despistada



Mi mosca despistada, se quedó conmigo en el último verano y me dio pena echarla de casa.
Andaba siempre dando vueltas por mi habitación, conmigo detrás, armada con trapos y revistas, subiéndome por camas, mesas y sillas, tratando de ahuyentarla. A punto estuve de utilizar insecticida, pero temí morir yo antes y me abstuve de cometer el  insecticidio. Empecé a acostumbrarme y a mirarla con otros ojos, desconozco con cuáles de los suyos me miraba ella, pero desde luego está claro que no veía muy bien, porque se daba unos guarrazos sonoros contra los cristales, que seguro producían mucho dolor, luego se quedaba un rato atontada, pero yo no sentía que fuera ético atacarla en su estado de desventaja.
Y yo ya se lo decía cada dos por tres, "mira Maruja, si sales por el cristal que está abierto llegarás muyyyyyyy lejos, pero no vuelvas a entrar corazón, porque te vas a dar la torta otra vez".
Pero, eso, lo dicho, empezó a darme pena, fue llegando el otoño y la dejé que se quedara haciéndome compañía, amenizando mis horas de abstracción en el ordenador y posándose en las páginas de mis libros para indicarme por dónde tenía que seguir leyendo. Yo le daba miguitas de galleta, cachitos de entrecot pulverizado, pizcas de manzana,... y así está ahora, hermosa como una mosca reina, así no hay quien salga de ningún sitio. Si ya me lo dijo mi madre, "hija mía, mejor podías cuidar así a los moscones, que se te van todos, en vez de aplastarlos de un zapatazo".
Maruja tiene un zumbido cariñoso y sensual, se conoce ya todos lo rincones de mi casa, ha explorado los conductos del aire acondicionado y estoy segura de que habrá encontrado allí a algún inquilino polizón con el que cambiar pareceres.
Estoy pensando en incluirla en mi plan de pensión de jubilación.

Foto lazy fly

8 sept. 2013

Pensamientos Trisílabos




Esta mañana me hice un café de esos como los de mi abuelita María, que es como a la turca pero en castellano. Pones agua a hervir, añades varias cucharadas de café para que esté casi masticable, y dejas que vaya combándose una "nata" de café sobre el agua, hay que procurar que no se desborde, no es tan sencillo, y cuando llega al borde levantas el cazo para que baje el hervor y así hasta 3 veces, a la tercera es cuando comienza a ebullir y se rompe la costra de café. Entonces apagas el fuego y tienes dos opciones, colarlo con el colador de tela (el chino), o echar café tal cual directamente con lo que luego deja los posos en una taza pequeñita y añades azúcar. Este segundo método, el de la borra del café, tiene la ventaja de que al final puedes volcar la taza sobre un plato después de girarla tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj, lo dejas un rato escurriendo, luego miras los dibujos que dejan los posos y allí en el fondo de la taza están algunos retales de tu pasado, tu presente y tu futuro escritos. Bueno, esto es más de meigas, pero estimula la imaginación que da gusto.

Y esta mañana vi en la taza la silueta de un perrito siguiendo a un elefante.
Primero me quedé con una sonrisilla de esas de "yastamos con tonterías, ¿y esto que es lo que es?".
Pero luego vi claramente que el elefante eres tú, con tus pensamientos trisílabos, y yo el perrito, pero un perrito algo tontaina, inexperto, liante, como esos que la lían con el rollo de papel y luego ponen cara de pena para que no les riña nadie. Un cachorro de labrador, sí.
Tú, con tu elefantidad milenaria, me miras con cara de "es que no tienes remedio", y yo ladro un poquito para despistar a ver si hay suerte y no te fijas en la caquita que se me ha escapado en aquella esquina. Y tú te enfadas o no, nunca se sabe, porque tus pensamientos trisílabos y tridimensionales siempre han superado a los míos bidimensionales, bisílabos y en mantillas.
Te piso la pata en mis correterías y tú ni siquiera barritas, sospecho que es como si te hubiera hecho cosquillas con un algodón.
Tus ideas están tan altas, que no alcanzo, no puedo verlas, te quedan a la altura de las orejas y se esconden como detrás de un abanico. Nunca pensé que un elefante pudiera coquetear de esa manera con sus pensamientos.
Anda, agacha un poquito el lomo, para que me suba a correr por encima y te rasque con mis patitas.


14 ago. 2013

Destaponante



Mi vecino Ramón no es exactamente mi tipo, tampoco yo el suyo, pero tiene una mezcla de olores a tabaco, semen y sudor, que me hace seguirle con la vista y el olfateo cuando pasa por el portal. Es de edad indefinida y eso seguramente se debe a su actividad extralaboral: su segunda profesión es "donante", desconocemos la profesión principal.
Es donante de sangre, de semen y de pelo para peluquerías,... bueno, el semen no lo entrega en las peluquerías, creo, me refería al pelo, para que hagan postizos y bisoñés con sus capilaridades.
Es un tipo generoso, con una sonrisa amplia en la que faltan dos muelas que donó a su abuela cuando ya no podía comer más que purés.
Se sabe que se pasa la vida investigando qué puede donar de su magnífica persona. Se ha donado a sí mismo a la ciencia para que, cuando se muera, aprovechen de él todo lo que sirva para perpetuarse en otros seres.
Dona piel para quemados y se siente algo frustrado por no poder donar óvulos, ¡lástima!
Ayer me enteré de que ha ido a visitar a un otorrinolaringólogo muy conocido por sus habilidades artísticas.

Nos consta que Ramón se ha hecho donante de tapones de cera de las orejas.
Con asombro se comenta en la comunidad. Pero nos hemos enterado de que Don Torrino le sacó a Ramón un inmenso tapón de cerumen con una deflagración, como para avisar a los bomberos y al cuerpo nacional de artilleros y policía judicial.
Y se sabe que el destino de ese cerumen de tapones de orejas generosas es para un banco de cera multicolor para fabricar exvotos.
Sí, sí, exvotos. Esos que cuelgan a modo de piececitos, manos y otros cuelgues de cera en una salita de algunas ermitas, mediante los cuales los fieles dan fe de haber recibido los favores solicitados a sus vírgenes y santos.
Voy a ver si me fabrican un exvoto con la cera de Ramón y así se acaban para siempre mis males de la higuera.


30 jun. 2013

Me ha salido un grano en la nariz


Me ha salido un grano en la nariz.
Y no tiene gracia.
Se llama "Tú".
Te veo por todas partes y a todas horas como si fueras un político de tercera.
Subo, bajo, merodeo para acá y para allá y mis ideas se me enganchan a tu cara como una planta trepadora.
Me paso el día intentando buscar archivos de piezas incunables, pero veo el grano en la punta de mi nariz a través de mis gafas, entre los satanes y las evas de las ilustraciones, y brilla el puñetero grano inflamado con una sonrisa muy parecida a la tuya y se ríe de mí.
Por entretener al tiempo a ver si le da la gana pasar de largo, he hecho una búsqueda bibliográfica de los episodios registrados en los últimos años de pseudoquistes pancreáticos complicados con derrame pleural,... así si tú no me das un beso, a ver si al menos me dan una beca de investigación.
Pero el grano me mira, desde mi nariz respingona de payaso, se chotea de mí, no me deja que te olvide y además duele, me hace pupa, me hace daño.
Me he tirado a bucear a la piscina con intenciones de ahogarme o de que estalle ese puñetero granito, y una vecina amable ha venido a rescatarme y me ha sacado con los labios mu moraítos... pero con tu imagen clavada como un grano en mi nariz.
He ido a una bruja a ver si me daba algún emplasto o algún conjuro para convertirme en olvidadiza. Lo malo es que era tu cuñada y la cosa no ha resultado fácil.
Así que he optado por enviarte orquídeas con mis efluvios, a ver si del empalago te vas al reino de las sombras, y recupera la paz el infinito universo.



22 may. 2013

Tóxico Benigno



¡Ay, guapa!
No hace falta que coma setas alucinógenas, si cada vez que apareces me salen palabras, palabros, requiebros y floripondios, como a la luz de la luna pero sin cerveza. Siempre fui un poeta de feria y el lirismo me inunda a ratos, como las norias. Entras en mi burbuja y el alma se me sube a la parra sin necesidad de vinos olorosos, las uvas son sólo para ver cómo te las comes.
No me importa que me intoxiques de esa forma tan benigna que transporta luces a mis oscuridades.
No te confundas, nena, no estoy enamorado de ti, estoy enamorado de mí en este estado que me produces con que simplemente muevas un dedo. Y como eres perversa y de naturaleza opaca, no siempre me dejas adivinar lo que escondes debajo de tus cejas.
Te recitaría poesías, pero me da mucha risa, así que empieza tú primero.
Mejor será que me vaya a volar como las abejas de flor en flor, aunque creo que no volveré a libar otro tóxico igual. O a lo mejor es más útil si me transformo en vampiro primaveral y voy a chuparte la sangre de ninfa de los infiernos.

21 abr. 2013

Blogger Blues: SHERLOCK POST


No os perdáis este thriller de Joe Andrés:

Blogger Blues: SHERLOCK POST:               Me siento impelido a contar este episodio, que ya sabéis que yo soy muy episódico, debido a la intensa investigaci...

7 abr. 2013

Gallos, poesía y monumentos



Los gallos del Parque La Paloma han perdido la color.
Toda Benalmádena suspira con sus cuitas.
(Saca un pañuelo y si eres diabético no sigas leyendo, que hoy he puesto todo el azúcar en el asador).
Tristes y compungidos, pasean los gallos parque arriba parque abajo, salen a pasear por los alrededores sin darse cuenta de que el mundo ha cambiado. Abstraídos, no ven que los coches han formado caravana para dejarles que crucen la carretera como pedro por su casa. Avanzan con parsimonia, una pata, luego el cuello, la cabeza, se quedan en suspenso unas décimas de segundo con el ojo amarillo enfocado al aire, trasladan la cola como un elemento independiente, avanzan luego la otra pata y vuelven a empezar. Hacen ondear su cresta pensativos. Se cruzan entre sí sin mirarse, como almas en pena, como poetas que son.
Erráticos por el parque, se preguntan si existirá el mundo más allá de la barrera de cactus. Y van dejando caer sus plumas como cuando un castaño regala sus hojas al suelo a modo de abrigo de visón, a modo de chantaje emocional para que albergue sus raíces. Ellos simplemente desearían dejar su pluma grabada en granito, aunque se fastidie el granito, ya se encargarán de erosionar sus egos los vientos del futuro.
(Aypordiosquépena, rasgueo de guitarra, por favor)
Las plumas de los gallos se quedan quietecitas ahí, en el suelo, que es autista. Y a veces se dejan mecer un poco por el viento, como los poemas, como las poesías, como las barbas de los poetas y las melenas de las poetisas en su anhelo de ser leídos. Esperan caer arrebatadas en brazos de la emoción, brillan apasionadas.
Las gallinas se han quedado pálidas, casi blancas, están demasiado concentradas en el huevo fresco. Su poesía es de otro color, no es poesía de crestas barrocas.
Pero quiero contaros un suceso curioso, extraño.  Han desafiado al bosque de cactus y acaban de encontrar a su musa. Ya no se sienten abandonados. Se confabulan los gallos y descubren el asombro del mundo, el por qué de su existencia, el tótem de su esencia: El monumento homenaje a la poesía, o a los poetas, porque ya no se sabe si es monumento, conjunto escultórico, escultura, el rincón de los cuentos de los niños, el banco de las lamentaciones, o una obra de ingeniería con las instrucciones en poema de cómo utilizar un smartphone con los dedos gordos. Que el vulgo distorsiona mucho los hechos primigenios y también Quevedo era poeta.
Ven un árbol férreo, que en vez de bellotas da libros, que en vez de hojas de clorofila tiene hojas con tinta, se desconoce si de sepia o sintética, y ven gente a sus pies, seres humanos, mayores y pequeños, que se sientan a la sombra del libro-árbol y se cuentan cuentos, se reúnen a hablar de otros árboles, de otros libros y de otros poetas. Se sientan en sus raíces pétreas  y sueñan con sentirse más firmes.
Antes de regresar henchidos al gallinero, sacando más pecho que los pavos reales, van saltando entre las ramas aceradas del árbol-libro, sueltan plumas para que los que pululan por abajo escriban sobre la poesía de la pluma del gallo, hacen pequeños vuelos sin motor  y mueven el mundo dormido de las ocho de la tarde.
El árbol se ríe con dientes de libro.


Foto: Monumento al Libro, Juan Carlos de Clares, Benalmádena, Parque de La Paloma
Artículo publicado en la revista digital Aforo Libre

 

27 mar. 2013

¡Una de garbanzos!


 

Cocomaru  se despertó esa mañana algo empanada, pero se tomó sus pastillitas para el cólera para despejarse y se fue a la cocina a hurtadillas con su ordenador fucsia, mientras varios seres humanos en estado de coma profundo pululaban por los dormitorios de su casa, víctimas de un pacharán malévolo de delicatessen de autor.
Allí miró con ternura la foto de un Miguelón desalmado. Desalmado porque se había quedado vacío de alma, había sucumbido a otra alma torturada que vampirizaba la de quienes se aproximaban demasiado a ella.
"Ánima torturada busca incautos para chuparles las energías y vaciarles los sesos", parecía que hubiera respondido a algún anuncio así en cualquier sección de contactos anímicos.
Así que Cocomaru le preparó uno de esos calditos de Meiga, hecho con cariño y muchos conjuros, con ojos de salamandra de Los Alpes, diente de funcionario de la seguridad social, tela de araña verde esmeralda y suspiros de almas torturadas haciendo yoga.
Fue milagroso, oyes tú, como te lo cuento.
Miguelón se enderezó como cuando La Masa se disponía a conquistar el mundo, después de haberse rebozado con las croquetas, y al mirar por la ventana se dio cuenta de que ya había salido el sol.
Un sol dulce y amable que también estaba mirando Cocomaru, sonriendo, mientras jugaba a los chinos con garbanzos de varias razas para recuperar una risa que todo lo sanaba.
Un garbanzo negro y uno de plata retaron a un garbanzo lechoso a ir a la playa, y a él se le subieron las maracas.
"Sana sana culito de rana..., Cocomaru te envía un besito de hierbabuena", y el contagio de almas torturadas, se deshizo por su poca consistencia, como los hechizos de vidente de televisión.

Nada te enoje.

Sopla el viento.

Huele a cocido.

23 mar. 2013

Peras con guisantes


Pues eso, que ya lo he dicho, que me he cambiado de desodorante para ver si las palabras no huyen de mí despavoridas y se avienen a formar significantes y significados legibles, gustables y paladeables.

Mientras tanto, me dedico a comer peras con guisantes en un nihilismo cerebral sin eco, porque las neuronas se me han ido de excursión al estómago y está difícil pensar sin emitir aires raros.

También ando en eso de reconvertirme en un ser social, mientras espero sin fumar, no es cuestión de empezar ahora que todo el mundo lo está dejando, mis vicios nunca han sido de este mundo, así que he vuelto a darme las mechas, a arreglarme las uñas y a usar la grúa para subirme en los zapatos de tacón, aprovechando que la dieta peraguisantera me ha dejado un aire de escultura de Giacometti.

Mira que insisto con intención e inquina, pero se me escapan los relatos como si fueran billetes de 500 euros a la puerta de un hogar de jubilados. No fraguan, no cuajan, no encajan, ni tan siquiera se quedan un ratito a conversar conmigo.

Huyen, mis palabras huyen, vuelan aviesas entre mi pelambrera un rato, descojonándose de mis delirios de escritora, y emigran a un limbo codificado del que no tengo descodificador, dejándome compungida como si me hubiera abandonado un novio cualquiera.

No les da la gana venir a buscarme ni en sueños, se han tomado una año sabático, que ya dura más de un año, y posiblemente estén coqueteando con algún informe pericial de algún juzgado o con los requiebros de algún tontaina que se la va a dar con queso a alguna princesa, o a lo mejor forman parte del discurso de algún prócer aún no procesado.

Voy a tener que hacerme unos implantes de peras y guisantes.


[Foto: Tomates de la Herencia en superficies pintadas, de Elena Ray para Shutterstock]

19 mar. 2013

No me seas estorbito


¡Vale ya, Mikaela!
Haz el favor de centrarte y estarte quieta, que me tienes negro. Para, para la cabeza y deja de pensar.
Eres una petarda con tus letanías masoquistas buscándome las vueltas para que te mande a freír espárragos.
A veces pareces una niña malcriada berreando, pataleando y lloriqueando por una chorrada.
Estorbito, que eres un estorbito.
¡Anda, anda, vete a freír los puñeteros espárragos, ...y un rábano en salsa también!
Y cuando acabes, vuelves y me los traes, a ver si podemos compartirlos en paz y silencio, ¡leñe!
Que haces más ruido que un contenedor de vidrios rotos.
No me seas heteróclita, ni ojetera, que me estás buscando las cosquillas y lo vas a conseguir.
A veces te mordería, ¿eh?
Oooooooommmmmm


18 mar. 2013

¡Pelagatos!



Hoy no me sale ningún relato. Tan sólo un homenaje a una actriz, y una palabra, que hace varios siglos me hizo mucha gracia al ver el final de una obra de teatro en el espacio "Estudio 1" de tve. La obra "Eloisa está debajo de un almendro" de Enrique Jardiel Poncela.

La palabra: Pelagatos!"

Se la dice doña Clotilde a Ezequiel al final de la obra. Y aún recuerdo la gracia con que la soltó la actriz que encarnaba ese papel, Amelia de la Torre, con un gesto muy digno de desprecio que me hizo reír tanto como la palabra en sí, que viene a significar  "Persona socialmente insignificante,sin posición económica: es un pelagatos con aires de grandeza".


Foto Amelia de la Torre
Enrique Jardiel Poncela -Maestro del Humor-



13 mar. 2013

Un campo comestible



Lo bueno de vivir de niña en un pueblo pequeño, aparte de mondarte de risa corriendo detrás de las gallinas y los pollitos, es que el campo está ahí. Te despiertas con cantos de gallos de verdad, extiendes la mano y chas, ahí está el campo, junto a las gafas.
Por ejemplo, un abril cualquiera, cuando ya se ha hartado de llover y de nevar y las hierbas se revolucionan, vas con las amiguitas a comer panecillos de malvas, las semillas que hay antes de que se abra la flor, que están ricos ricos. O ya más cerca del verano, te metes en el trigal y entre pasillos de espigas verdes, que te hacen cosquillas y te pican en las piernas y en la cara, arrancas unas cuantas y luego mientras caminas de vuelta por un sendero de barro al lado del arroyo, vas abriendo con mucho cuidadito los granos y comiéndotelos, después de superar la prueba del algodón de quitar las "barbas" de la espiga. Claro que en mayo es un placer infinito correr por campos verdes con muchas amapolas buscando acederas, arrancar las hojas y guardarlas para zampártelas luego en torno al mantel de cuadros, con varios tazones con sal, pimienta, vinagre y pimentón, en los que vas mojando la hoja de la acedera para luego poner la cara que se pone cuando te comes ese manjar agrio, salado y picante. Claro que ese día, por el camino. también te has comido unas cuantas semillas de una flor blanca que llaman panyqueso, que no sabes lo que es pero que sabe buenísima. Y has completado el menú chupando el líquido dulce de los pétalos arrancados de flores violeta que tampoco sabes cómo se llaman.
El sol tibio y alegre te hace pestañear y reírte con las cosquillas que te hace en la nariz.
O juegas junto a la verja del jardín de doña Manolita, que tiene numerosas plantas trepadoras escondiendo tesoros que nadie conoce. Y arrancas las hojas de la hiedra probablemente venenosa y las masticas con fruición, aguantando ese sabor amargo y ácido que te deja la boca hecha un zapato, pero no te mueres.
A ratos también, mientras charlas acerca del olor a tiza de doña Asun la maestra, tirada panza abajo en una hierba mullida, arrancas briznas y las masticas distraída, como el que come patatas fritas en la terraza del bar  tomándose la cocacola con los amigos, ya de mayor, claro.
Y te ríes como una loca en la era haciéndole perrerías al mulo que tira del trillo porque está en desventaja con sus anteojeras y no os puede dar coces.
Y te dejas pasear en el trillo sobre ese trigo amarillo, el polvo dorado, la paja rubia y te dejas arrastrar por esos tiempos infinitos.

Huele al campo que ya no existe.


Foto Trigal

3 mar. 2013

Mordisqueable




¡Me encantas!, dijo ella.
Y la galleta estuvo a punto de ablandarse. Pero resistió estoicamente con ojitos tiernos, con esos agujeritos hechos con amor y cariño en una base de sémola de trigo duro de alguna casa no pizzeril.
Las galletas, de todos es conocido, se nutren de leche de ubre ágil o paciente, según la época del año.
¡Me encantas!, eres mordisqueable, volvió a decir ella por enésima vez, dispuesta a hacerle una rinoplastia de un mordisco.
La galleta sintió el miedo profundo que uno siente ante los monstruos peludos.
Pero muy consciente de haber sido creada para fines de se sacrificio, se dejó comer.


Imagen: galletas únicas

1 mar. 2013

¡Estoy en 1º de mus!

- ¡Mentirosa!
- De eso nada, te juro que estoy aprendiendo a jugar al mus. Estoy en primero de mus, que es como aprender a escribir pero más lioso, ya sé lo que es un "duplex" y lo que significa "envido".
- Y yo sé lo que es un adosado, no fastidies. Anda guapa, que eres más rara...
- Pero si es un juego que tiene más de 200 años.
- No si yo ya te imaginaba a ti con un traje de pana, boina y bigote, y dentro de poco eres capaz de fumar puros.
- Vale, nena, tú imagíname como quieras, pero el profe es un personaje.
- ¿Ah, sí?, ya decía yo que había gato encerrado, cuenta, cuenta.
- Pues está bien, muy bien, mejor de lo que me habían contado, la verdad es que le dije que sí a lo del mus para verle la jeta en vivo y en directo. Y ha tenido la santa paciencia de irme enseñando las reglas del juego con ojos a media asta y voz amable, con orden y sistemática lejos de mi caos mental, y hasta ha conseguido que yo logre sumar tres cartas seguidas. Tiene mérito el muchacho.
- Ya, ya, si no te conociera...
- Bueno la verdad es que me costaba trabajo seguirle, porque se me iban las ideas por otros derroteros. Tiene una preciosa nariz aguileña de Julio César. Mordisqueable.
- ¡Mordisqueable!, tú y tus símiles.
- ¡Órdago a la grande!
- ¿Mandeeeee?
- Es laaaargo, muy laaaargo.
- ¿Alto?
- Sí, pero no me refiero a eso. Me refiero a esa sensación que me transmiten algunas personas de que me van a dar siete vueltas y que me hace flotar en un nimbo amarillo.
- Es deciiiiirrrrr...
- No, no digo nada. Porque en mi vida siempre prima la ley de incompatibilidades, tú ya lo sabes. Lo único que digo es que me recuerda a mi profe de matemáticas: él explica con una claridad meridiana y yo pienso con un oscurantismo trigonométrico, durmiéndome en los laureles de vez en cuando y pensando en las musarañas,... bueno en las musarañas no, pero en que me encanta su modo de hablar sí. Él pone un interés tremendo en enseñarme, así que creo que incluso voy a tener la suerte de aprender, pero de aprender muchas cosas, lo del mus va a ser todo un descubrimiento, a ver si se me fuga la ingenuidad para siempre haciendo mutis por el foro.
- Niña, tú no tienes remedio.
- ¡Mus!









31 ene. 2013

Maremotos



Hoy el tiempo y el espacio han sido misericordes y me han vuelto a regalar cobaltos en forma de mar.
Me han dejado resquicios de muros blancos para poner límites a eso tan infinito que me atrae como el peligro.
La luz se ha aliado con la parte más visual de mi ser para que pueda contemplar tanto azul desprendido. Me ha dejado que sea feliz viendo regatas a lo lejos. Puntos blancos compitiendo con un viento que no toco, haciéndome guiñar los ojos y nadar mentalmente en ese mar aún helado.
Por un momento me he confundido y, sin darme cuenta de que estaba en mi terraza, me ha salido una carcajada y una pirueta de delfín.
***
Mar no me traiciones.
No adoptes ese gris-azul melancólico. Que entonces ya no tendré más remedio que aliarme con las nubes y regarte desde la cima. No dejes que nadie se dé cuenta de que te miro y me envuelvo en tu idea. Me perdería buscando peces abisales para sentir que no todo es belleza.
Anda refleja un rayito de sol y no te enfurezcas.
***
Vibras en un azul de lujuria. Me ciegas con un brillo que emborracha mis ojos.
Mar de verano. Ese que te vistes cuando menos me lo puedo permitir. Mar perverso, que te ríes de mí acogiendo todos los deseos inconfesados. No bañes a nadie, que me produces celos. Regálame sardinas y boquerones que jugaron contigo en el frío transparente de tus bancos de arena. No me hagas perder pie con tus olores, que si me ahogo, ya no salgo de la pena.
Regálale a él una brisa de susurro de juego. Dile cuánto le espero.
***
Rizo, rizo, rizo, rizo en ola voraz y ¡zas!
Me abofeteas con tu salitre en invierno. Pero no me sacas del letargo. Sólo me hipnotizas aún más rugiendo.
Rizo, rizo, rizo y revolcón impío.
Déjame correr con el huracán sobre tí, pisando verdes aguados, azules añiles, grises, grafitos, blancos y ocres. ¿Quién me contó que eras azul? Me vine con las acuarelas de pintar mares y me dejaste sosa con mis matices cuando oí el inmenso concierto que organizas con los tuyos.
¿Por qué no me advirtieron que tus colores son una orquesta de infinitos sonidos?
Te levantas en una amenaza de ola que va a recuperar su tierra y la dejas tirarse como una bomba que trepana mis tímpanos con colores de guerra.
***
Se me ha caído una lágrima azul.
¿Seré tonta? Se me acaba de caer otra. No logro contenerlas. Me tiñen un surco de azul en la mejilla.
Sentada en la arena, junto a tu imagen contemplándome, me he mimetizado contigo. Nunca pensé que en algún momento fuera a convertirme en agua. Es una sensación extraña. Sobre todo porque mis fuentes están tirando de alguna cadena dentro de mí. Sigo en esa rara situación, me siento seca a pesar de que soy de agua, y mis lágrimas azules forman un charquito que se va diluyendo en tu ir y venir.
Me sonríes con olas dulces, Mar.
***
Se me deshacen los bucles quedándome suspendida en medio de esa luz tamizada de agua. Me dejo ondular suavemente por un día de calma chicha. Dentro del agua todo tiene otra dimensión. Me quedo contemplando el misterio de las burbujas que salen de mi nariz. Sólo muevo ligeramente los pies para no salir aún a la superficie. Fundo el color de mis ojos con el de la arena y el movimiento de mi pelo con las algas. Suelto todo el aire y mi peso me deja tumbarme en el fondo.
Desde allí imagino cielos que te penetran
***
Voy al puerto.
Me voy a la zona de rocas, donde puedo sentarme en silencio.
Me dejo rellenar todos los poros y pliegues por la brisa marina.
Mis oídos bailan a la vez que las olas. Y ese sonido repetitivo es un bálsamo, asienta mis remolinos, cicatriza mis heridas como un bálsamo y me hipnotiza tanto como cuando se mira el fuego.
Todo está en calma y te echo de menos.
***
Te quedas en calma chicha, transparente. Me reflejas en tu superficie. Sentada en la proa, con los pies descalzos colgando y la cabeza y los brazos apoyados ociosos en la barandilla.
Por debajo me ofreces el ballet acuático más bonito que he visto.
Medusas de todos los tamaños se deslizan silenciosas y peligrosas.
Medusas enormes, como una mesa camilla, con sombrilla transparente y tentáculos larguísimos de color burdeos apagado.
Medusas chiquitinas, tiernas, del tamaño de un reloj de pulsera, que bailan con lentitud.
Todo está como suspendido en una continuidad de aire y de agua. Y yo me siento medusa por un rato y ondulo los dedos sin darme cuenta, como si dirigiera una orquesta.
De repente, el sol se pone, ocultándose tras una montaña, y deja una extraña superficie blanca, ligeramente ondulada. En vez de mar, pareces nieve. Y todo lo que hay debajo desaparece de mi vista dejándome sólo el sonido de mi respiración.
***
Ayer intenté morirme dentro de tí, aprovechando que estabas helado y gris.
Me rechazaste con furia. Y no supe a qué se debía la ira de tus olas. Me dejaste con la duda de si no deseabas dejarme desaparecer o si no deseabas dejarme permanecer en tu intimidad de gigante.
Me quedé dolida tirada en la playa, devuelta por remolinos que me golpearon con rudeza una y otra vez en la arena y taparon mi garganta y mis pulmones con agua malvadamente salada.
Hoy lloro sin fuerzas.
¿Por qué no me dejaste viajar a tu cementerio abisal?
Otra vez tengo que soportar la gloria de los rayos de sol.
***
Me acunas con ese verde esmeralda maternal. Y me dejas hacer castillitos en la arena.
Me aplico, con vehemencia de niña cabezota, haciendo torres perfectas y un foso digno de rellenar con cocodrilos de verdad.
Bañas suavemente las plantas de mis pies, mientras las trenzas se me mojan de sudor.
Las rayitas rojas de mi bañador hacen juego con el color de la pala y el cubito. Y una luz de cuadro de Sorolla me deja entrecerrar los ojos, buscando la arena mas fina, para que todo quede más firme.
Verdeazul, suenas con condescendencia en un mediodía de siesta en la playa.
***
Ayer me adivinaste las ideas desde tu desierto de mar. Parecías un tuareg con la muselina color índigo ocultándome el rostro en un fondo de olas de tela negra. Con ese silencio de desierto de agua, oíste mis pensamientos. Indigo y negro. No me diste respuestas, para que las encontrara yo sola.
Negro profundo, índigo de Febrero.
Me gusta tanto ensimismarme sentada en una roca y perderme en elucubraciones contigo reflejando mi imagen ondulada ahí a mis pies.
Y con silencio de tuareg, dejaste peregrinar mis devaneos sobre tus olas, como si fueran subidas en las jorobas de un camello. Casi pude adivinar unos ojos dorados en medio de una piel renegrida por el sol escrutándome, esperando, dando tiempo de reloj de arena para que yo llegara a mis propias conclusiones.
El chasquido de una gaviota al chocar contra el agua me rescató de la sequía.
***
Mi niña.
Me bañas a mi niña con frío azul de verano.
Ella se encoge dentro de mi tripa mientras yo me lanzo en un speed de brazos y piernas rompiendo tus aguas, antes de que ella rompa las mías.
La noto contraída dentro de mí, escondiéndose de tus peces y tus olas. Hasta que se relaja y se queda sofronizada conmigo haciendo el muerto sobre espumas de mañana soleada.
Mi niña, la que será.
La misma que ahora juega en tus playas, coqueteando mientras se baña encantada.
***
Realmente, mar, eres malintencionado.
Con lo cansada que yo estaba. ¡Ay!
En vez de dormirme en la cama, como todo el mundo, me vengo a dormir a tu lado, para que no te sientas solo. Y así me lo pagas.
Mira que ir a poner hoy la lavadora, justo hoy que el sol no me permite abrir los párpados.
Estaba yo tan ricamente adormilada en tu arena, la que me dejas cuando te encoges. Y empiezan a sonar los vaivenes de espuma con detergente de sal.
Nada. Si tú te empeñas, me meto en la lavadora. Pero haz el favor de no darme esos revolcones, que hoy estoy patosa.
¡Bueno, vale!
Mensaje recibido, si te empeñas en despertarme, prepárate, porque les voy a plantar a tus olas combate.
***
Me meto en la corriente de la ira y me dejo llevar por turbulencias entre salivas, babas, aguadas. A lo lejos oigo crujir las cubiertas de los barcos y me recuerdan mi rechinar de dientes cuando no me está permitido estallar en cólera. Envidio a Neptuno y me siento ridícula bañándome con un tenedor de cocina entre esas turbulencias que amenazan con desintegrarme, cambios de dirección y círculos que me acaban devolviendo bruscamente a una orilla.
Desorientada, sobre esa arena que no es la de la playa que yo había deseado, miro de cerca a una gaviota que me recuerda las competiciones en las que tú me reflejas.
Mar de regatas, mar de galernas.
***
Siempre anduve por aquí, siempre estoy aquí, me dijiste con esa lengua de espumas con la que me susurras al oído, como un viejo amante. Y en un juego sensual, envías tu brisa para rozarme la cara y levantarme el pelo, para recordarme que no me olvidas, que estás conmigo a todas horas. Tan distante, tan lejano, tan variable, siempre tú, con tus disfraces que recuerdan a mis ojos en mutación. Se me ha hinchado el cerebro, se me han alargado los tentáculos y mi cara de calamar ha abandonado el asombro al comprender, por enésima vez, que siempre estoy dentro de tí, que siempre me rodeas, que sólo es mi propia tinta la que forma nubes que me impiden disfrutarte, esas que suelto para huir de mi propio miedo.
***
Al fin te vengo a buscar para que me cures, también yo necesito un
médico. Quiero que tu sal y tus olas sequen esta herida que me quedó
tan profunda y no cicatriza, la que me hizo adicta a la melancolía y la nostalgia, esa que me deja sólo vivir como un eco lejano del proyecto de persona que yo fui. Hoy vengo a que me empapes con tu cruda medicina, para dejarme balancear y bucear recuperando los tesoros de mi naufragio. Quiero recuperar el reflejo verde de mi propio brillo. Mañana asomaré la cara a la luz, a ese sol tímido, saliendo desde dentro de ti.
Y me volveré a enamorar.
Del azul cobalto.
***
¡Pégame si puedes! ¡Tírame olas y conchas muertas! Mis patadas y mis puños te van a empequeñecer. No me vale que seas tan bravucón, si, al fin y al cabo, te deshaces en espumas. Y antes de que tú me arrases, yo ya me habré disuelto.

9 dic. 2012

Cambio edredón por manta

 

- Te cambio mi edredón de plumas de ganso nórdico por lo manta que tú eres, Salvador.
- Mullidámonos María, que los torpes, mullidos, son menos mantas.
- Me has contagiado tu torpeza encantadora y he abandonado mi yuppydez. Creo que voy a tener que perdonarte que no sirvas para mucho, guapo. Con que estés ahí con tu felicidad inmaculada, me conformo.
- Eres más mala que la sarna, como no reprimas tus comentarios ninguneándome te vas a enterar de lo que vale un peine, monada. Hace tiempo que sé que para tí vivir sin mí sería un calvario infinito. Te voy a lavar la boca con jabón para que se te queme la lengua.
- Mejor me besas y así ya me quemas tú directamente.
- Bueno, no me despistes, a lo que íbamos. Ya está hecho. He seguido tus instrucciones al pie de la letra. He saboteado la reunión de la comunidad de vecinos, estaba inspirado y se han vuelto locos con mis preguntas contradictorias. Creo que al final han firmado todos agotados, para que yo no siguiera dándoles la paliza. Estarás contenta. Han reconocido la libertad de expresión, de posesión y de indiscreción: Podrás seguir bajando a bañarte en pelotas a la piscina en las noches de verano.
- Eres un sol.
- Sí, pero el grifo de la cocina te lo arregla el fontanero, maja.
- Mullidámonos.



[Dedicado a Blogger Blues http://blogjoeandres.blogspot.com/ ]

10 oct. 2012

Guardaespaldas de limón


Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchidiviú, así hace la gota,...

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos por mi retaguardia, a traición...


Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón...


Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.


Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.



[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]

Atada



Atada de boca y manos, sin ligaduras, sólo con el silencio y la no posibilidad de actuar como pienso.
Me encuentro en el lugar que me has puesto.
Me has elegido como observadora, como buscadora de soluciones para tí.
Me ha prohibido el universo aproximarme a tí. Me obliga a una frialdad, que estoy muy lejos de sentir.
Opto por apegarme al papel que contigo me ha tocado jugar.
Alejo todas mis dudas. Es el único lugar en el que las dudas no tienen lugar.
Te sigo con mi pensamiento en tus devaneos recorriendo un sufrimiento que yo sé que será más prolongado de lo que te dejo entrever.
Acepto mi papel de madre y de padre para cuidarte en una distancia prudencial.
Dejo que lo supuestamente ético se adueñe de lo supuestamente correcto.
Y te dejo desvariar, sabiendo que estás enfermo de amor.
Y a mí se me ha permitido el papel de espectadora y facilitadora.
Sigo el camino recto, haciendo ojos ciegos y oídos sordos a lo que me tienta para desviarme.
Me siento dura en esa posición que no he elegido.
Pero me salva saber que no traicionaré tu confianza.


Atada de ideas y dedos, estoy sentada desesperada delante de la pantalla.
Mi mente da órdenes para escribir algo que a mí me parece hermoso.
Y una y otra vez mis dedos se empeñan en teclear mediocridades, párrafos desestructurados, frases llenas de incorrecciones, expresiones incongruentes,... en definitiva, textos que me hacen sentirme muy por debajo de tí.
No sé si te he sobrestimado, y he olvidado que tan sólo mi individualidad implica un estilo único.


Atada y amordazada, mi boca y mi corazón lloran sin lágrimas porque no he sabido decirte cuánto te quiero por la intensidad de mi sentimiento.


Atada por mis súplicas, por el poder que sobre mí yo misma te he concedido.
Bloqueada por mis propios movimientos, por mis pasos en falso.
Limitada por la vehemencia de mi propia tormenta.
A disposición de tus caprichos injustos, emprendo intentos de vuelo que siempre acaban siendo vuelos fallidos.
Nado entre dos aguas, viajo entre dos tierras.
Me he colocado en situación en la que florecer será sólo posible al estilo de los cactus.
Mis propias espinas se vuelven hacia mí.


Una máscara veneciana, negra, blanca y roja, me ha prohibido emitir sonidos. Sólo me deja mantener una postura hierática o farsante. Los guantes que la acompañaban cuando se la compré a ese viejo del puestecillo han sellado mis manos en una expresión determinada por un guión teatral.
Es curioso.
Yo me miro y no me reconozco.
Sin embargo veo, con asombro, la cara de quienes me contemplan extasiados con toda la belleza, todo el drama, toda la sorpresa que soy capaz de crear con este disfraz.
La máscara tiene fecha de caducidad. Pero yo la desconozco. Y, mientras tanto, yo soy esclava de ella y de sus guantes comparsa.
En esta cárcel de oro, que yo no veo, pero que empiezo a reconocer por sus efectos, vivo en la duda perenne.
Si lo que siempre me construyó se caracterizaba por una capacidad de adaptación sin límites, ¿por qué ahora el límite es mi existencia?
Si el aire era mi esencia, ¿porqué ahora me cuesta tanto trabajo respirar?

No mangar e-book

Querido Inda:





No, si yo ya lo sabía desde el principio, tú sólo me quieres por mis aparatos electrónicos y lo demás son aderezos de Don Juan de internet.
Me mosqueé bastante cuando te apoderaste de mi centro de planchado, eso de pasarte el día planchándote las camisas no iba con tu estilo primigenio, siempre me pareciste más bien del club de la greña y la legaña natural.
Me puse también muy triste cuando tus arrumacos de hombre miel se transformaron en largos silencios, tú contemplando fascinado la pantalla de mi Mac Pro con procesadores de xeon westwemere, y yo contemplándote a tí desde atrás mirando melancólica la curva de tu deltoides y recordando cuando aún bebíamos agua.
Pero lo que clama al cielo es que me hayas robado impunemente mi lector de ebooks. ¿Para qué narices lo quieres? He visto que te lo has pegado a esa barriguita tan adorable que tienes con esparadrapo, a modo de tableta de abdominales ¿no?, a lo mejor te piensas que va a producirse un trasvase cultural por osmosis barriga-ebook.
Esto raya ya la más absoluta desidia y desfachatez.
Te abandono. Ahí te quedas con mi lavadora ultrasónica de frigoríficos y mi máquina de coser.
Yo me largo con el del butano,como tiene que ser, hay que conservar las tradiciones.
Si por casualidad te das cuenta de que ya no estoy en la casa, no me mandes un email, mejor mándame un bote con tus babas, es posible que sea la única manera de redimirte.


Te quiere
Perlita Juliana

9 sept. 2012

Curioso Bidet


Curioso invento el bidet. Ya lo dijeron muchos antes que yo. Pero lo más curioso son ciertos seres que los habitan, además de pelos y hongos en algunos casos. La jornada laboral me dejó tan exhausta que ni ganas de ducharme me quedaban. Ahí en el bidet, comencé a lavarme unos bajos fondos algo trastabillados, con ese placer distraído que producen el agua caliente y el olor de la espuma de un gel elegido con capricho. Y cuando más abstraída estaba, quedó en mis dedos algo que me hizo levantarme despavorida, con un grito. ¿Qué era eso? ¿De dónde había salido? Si parecía un alevín de pez. ¿Pero cómo había llegado ahí? Ahí, ¿eh?, ahí. Puse un filtro en el desagüe para que no se colara y aclarar si lo había soñado. Y no, no era un sueño. Era una diminuta cría de pez, con el tubo neural en transparencia y algunas huevas blanquecinas y gelatinosas adosadas. Con gran temor, lo estudié desde varios ángulos. No había duda. Era un embrión de pez, pero además parecía tener formas de tiburón. Un tiburón en ciernes. Tan blando, tan frágil y ya con la forma amenazante de un hocico devastador. ¿Qué pintaba un tiburón en mis bajos? Era imposible que fuera un aborto escapado de mi propio cuerpo. Hasta donde mi memoria me alcanzaba, yo no recordaba haber tenido ningún affaire con ningún tiburón. Uno de los del mar, se comprende, que los de la calle siempre mienten. Me quedé perturbada, confundida, anonadada y más o menos turbada. Sólo podía haber llegado a través del agua. Así que, con mucho amor, por si acaso era cría mía, al agua lo devolví. Al desagüe del wc en este caso, junto con las pegajosas huevas que lo rodeaban. Le dediqué una poesía, pero se fue nadando y ni se inmutó. Hoy lloro amargamente por haber perdido la oportunidad de mi vida de salir en televisión.