9 oct. 2017

Ojo 93




Por ese señor me haría yo la cirugía estética.
Bueno, para ser más exactos, tendría que hacerme un número "n" elevado al infinito de cirugías estéticas. Pero, seamos prácticos, me quedaría como estoy, que es más ergonómico.
Pero es que hay trabéculas que matan.
Me quedé contando, difuminando y diseñando mentalmente esas trabéculas y arquitrabes de sus ojos, tan bien hechos, y me resbalé hasta una pupila negra que me quitó el maquillaje cerebral.
Cuando me di cuenta de que me estaba escudriñando y que tenía esa sonrisa de ojos, la del que está acostumbrado a medir las capacidades de su oponente, me dio un vahído.
Un mareo de tiovivo con música peligrosa de feria de Hitchcock, me hizo volver a esa realidad imperfecta.
Seguí mirando la arquitectura del iris, de todas formas, ya estaba perdida y daba igual si me iba a encontrar o no.
Por mirar los ojos, me quedé sorda. No oí su voz. Creo que me avisaba de alguna torpeza mía que provocaría algún desastre fatal, pero no quise oír su voz. No vi sus labios tampoco, podría haber leído en ellos, pero el ojo no me dejó escapar de ese atrapamiento cruel. No olí su perfume, que luego supe que llevaba mezclados vodka, tabaco y comino. Y tampoco supe saborear su lengua, que entró a mi paladar sin permiso.
Sólo percibí el tacto de sus ojos.
No, no se los arranqué, pero me los he tatuado en mis manos.