16 ene. 2011

Engranajes




Tuesto el pan, te afeitas, exprimo las naranjas, me besas el cuello, hago café, me miras sonriendo como si no me hubieras visto nunca. Me voy. Te vas. Ignoro qué comes. No sabes si respiro. Vuelvo. Vuelves. Me pongo las zapatillas de corazoncitos de los chinos, te quedas en bañador sufriendo el semicalor, sonrío para mis adentros, me pillas sonriendo para mis adentros, te deseo en mis adentros, me pillas al vuelo el deseo de mis adentros. No suspiro, suspiras, no grito, ruges, me arqueo, planchas los hilos de los suspiros, los gritos y los rugidos que se confunden con caldos de cultivo. Yo cultivo, tú plantas. Te añoro aunque estés ahí mismo, pones tus dedos a amasar mis caracoles. Vivimos, dormimos.

La calma está engranada en el aire de los visillos.

8 ene. 2011

El coleccionista de trabucos



- Toni, eres hermosísimo, pero mira para otro lado, que me das calambre.
- Sabes que no puedo, se me quedaron los ojos como chinchetas en tu espalda y si miro a otro lado no veo.
- Ladrón.
- Mentirosa.
- Anda, vete otra vez a robar trabucos por ahí, pero antes regálame el tuyo. Se me ha antojado jugar con la llave de miguelete.
- Creo que vas a tener que ganártelo, preciosa. Últimamente no me dejas llevar a cabo mis obras de arte.
- ¡Venga ya!, jjajajjajajjaaa, obras de arte, ¡serás julandrón! Si me tienes de overbooking controlando tantos trabucos.
- Yo los cazo y tú los pones a buen recaudo, para que estén como en su casa.
- Bueno, pues cuéntame un cuento mientras recargas la munición. A ver si me duermo antes de que descubra que la ojera es bella.
- La ojera es bella y tú eres su musa, Belén. ¿Te cuento el cuento de la espingarda?, ¿seguro que te duermes?.
- Eres incorregible.
- Y tú eres mi dueña.

Foto: Trabucos españoles con llave de migueletehttp://www.corsariosdelplata.com.ar/trabuco.htm

2 ene. 2011

Dafrosia y Bladulfo


Dafrosia reparte butano. Literalmente. No es que parta el bacalao, metafóricamente hablando, o algo parecido, no. Es repartidora de butano. Va pitando con su camión por esas calles intrincadas e inextricables y subiendo bombonas a alturas insospechadas, con estoicismo helenístico o con un par, cada uno que elija la expresión que más se adapte a sus modos y pensamiento. Ha tenido que soportar muchos chistes en su vida laboral y no está para pamplinas.
Menos mal que hace tiempo encontró a Bladulfo, su alma gemela, su oasis, su fan infinito, su vecino.
Porque Bladulfo es de profesión vecino. Presta la sal, los huevos o la leche con un amor sin par hacia la humanidad en general y hacia Dafrosia en especial. Tiene ojos color cadmio que evocan las florecillas de los prados de cuando había prados con florecillas y sonríe con la dulzura de un ángel de cuadro flamenco.
A veces organizan encuentros hogariles entre ellos para colaborar mutuamente en la superación de sus infortunios, con mucho puré de patata, café con posos para adivinar el futuro y paella entre medias. No son pareja de hecho, pero podrían serlo de derecho o de tortuosidades.
Ella le desatora las tuberías de cal con una máquina de presión que heredó de su padre y hace un ruido infernal, mientras piensa en retozar con su Bladulfo. Él sueña con lamerle las orejitas, mientras cocina macarrones con ajo, pimentón de la Vera y anchoas de Cantabria. Y el viento sopla entre los olmos del parque que rodea su urbanización. Bueno, no hay olmos, pero podría haberlos, el mundo está lleno de posibilidades, ¿no?. También el loro de la del 4º podría ser un ruiseñor y cantar para no contar a grito pelao los cotilleos de esa casa, pero el mundo es imperfecto para mantener el potencial de adaptación. Tampoco viven en una urbanización, pero un bloque adosado a otros tresmil bloques siempre es urbanizable, es bonito vivir con  la esperanza de que arreglarán luz y alcantarillado un siglo de éstos.
Bladulfo y Dafrosia, Dafrosia y Bladulfo, tanto monta, monta tanto, pasean a veces por la playa contando cáscaras de coquinas y estrellitas de mar minúsculas. Juegan con las paletas dando la lata a los niños que hacen castillitos de arquitecto principiante en la arena marrón y a los novios que han decidido hacer espectáculo público de su magreo incondicional. Se ríen como locos por lo bajini cada vez que la pelotita le da en el ojo o en los cataplines a algún habitante de la playa.
Cuando están juntos en uno de esos momentos mismículos, sólo discuten si el agua caliente se venga con un frío siberiano en medio de la ducha. Los dos se niegan a cambiar la bombona y cada uno vuelve ofuscado a su piso, a sus retos cotidianos, como quitar las pelusas de la alfombra de la entrada o subir las maletas del año pasado  al maletero, en vista de que se acabaron los viajes.
El mundo es imperfecto y a veces solitario, para que los mochuelos vuelvan a su olivo y uno pueda descansar en paz de las manías del otro, pero los dos se mantienen vivos con la esperanza de que algún día se acabará el aceite o se quedarán sin bombillas.
También las personajas y los personajos humanos son urbanizables.