
Se me hace duro, durísimo, largo e incomprensible. ¿Qué pinto yo aquí?
Salí huyendo de un servicio de urgencias del que acababa drenada día sí y día no, con la esperanza de que en Atención Primaria, en medicina rural, las cosas serían duras pero no imposibles, y lo que hice fue salirme de guatemala para meterme en guatepeor, puesto que sigo haciendo el mismo esfuerzo ingente, pero lejos de mi casa, con mi familia dispersa, desubicada y desarraigada, y esperando que mi distrito sanitario vea lo que hay, que "identifique el problema" realmente (no sólo de oídas) y realmente le ponga solución. Tanto mis compañeros como yo atendemos un número excesivo de pacientes, tenemos unos cupos tremendos. Paso el 60% de la consulta en inglés, resolviendo casos crónicos de pluripatológicos que requieren algo más de los 6 minutos por paciente que tenemos asignados. Me gustan las urgencias, siempre me han apasionado, pero me deja fuera de juego tener que atender emergencias en mitad de consulta normal, pierdo el sentido de dónde estoy haciendo el cambio mental y de ritmoque requieren y luego teniéndome que desacelerar, para volverme a acelerar a los pocos minutos.
Tengo un serio trastorno adaptativo. Estoy quemada, aunque lo del síndrome de burnout se queda soso para definir todo esto.
Repito: no sé qué pinto aquí.
No he rozado aún la esquizofrenia porque mis genes no me lo han permitido, pero estoy al borde de cometer errores, serios, uno detrás de otro.
Me he quemado, me he roto. No tengo fuerzas ni para gritar, ni para llorar. Sólo sé apretar los ojos y los labios en un gesto sordo de rabia.
Cuando vuelvo de atender un estridor laríngeo en un paciente con un cáncer de laringe que casi se nos muere en la ambulancia, no tengo más remedio que pensar que el tontaina que tiene mocos y quiere la baja laborar porque le molesta la garganta y tiene tos es un imbécil.
Se me salta el gesto insultante a los que visitan una y otra vez en busca de pruebas que pongan nombre a sus padecimientos banales, llega un momento en que la paciencia es un bien preciado que tuve en otro tiempo pero ya no me queda en reserva. No todo tiene un diagnóstico y un tratamiento preciso. No está en mis manos hacer de bruja de la tribu siempre, ¡ojalá fueran resolutivas las patas de conejo y el aloe vera! En muchas ocasiones desearía simplemente roncar. A pesar de todo intento agotar mi imaginación en busca de derroteros inexplorados. Pero mis jefes no me acompañan. Me ponen cotas de objetivos muy altas pero me limitan los recursos humanos a términos risibles.
Siempre acabo el día, el medio día, con sensación de estar en una guerra perdida. El cansancio me destierra el resto del tiempo a una inexistencia brutal.
No lo entiendo.
Se me escapa el motivo por el que aún sigo sintiendo deseos de hacer algo por resolver algún problema de salud de otra persona. No sé si es la inercia o un angustioso temor a sentirme culpable si dejo de hacerlo.
Salí huyendo de un servicio de urgencias del que acababa drenada día sí y día no, con la esperanza de que en Atención Primaria, en medicina rural, las cosas serían duras pero no imposibles, y lo que hice fue salirme de guatemala para meterme en guatepeor, puesto que sigo haciendo el mismo esfuerzo ingente, pero lejos de mi casa, con mi familia dispersa, desubicada y desarraigada, y esperando que mi distrito sanitario vea lo que hay, que "identifique el problema" realmente (no sólo de oídas) y realmente le ponga solución. Tanto mis compañeros como yo atendemos un número excesivo de pacientes, tenemos unos cupos tremendos. Paso el 60% de la consulta en inglés, resolviendo casos crónicos de pluripatológicos que requieren algo más de los 6 minutos por paciente que tenemos asignados. Me gustan las urgencias, siempre me han apasionado, pero me deja fuera de juego tener que atender emergencias en mitad de consulta normal, pierdo el sentido de dónde estoy haciendo el cambio mental y de ritmoque requieren y luego teniéndome que desacelerar, para volverme a acelerar a los pocos minutos.
Tengo un serio trastorno adaptativo. Estoy quemada, aunque lo del síndrome de burnout se queda soso para definir todo esto.
Repito: no sé qué pinto aquí.
No he rozado aún la esquizofrenia porque mis genes no me lo han permitido, pero estoy al borde de cometer errores, serios, uno detrás de otro.
Me he quemado, me he roto. No tengo fuerzas ni para gritar, ni para llorar. Sólo sé apretar los ojos y los labios en un gesto sordo de rabia.
Cuando vuelvo de atender un estridor laríngeo en un paciente con un cáncer de laringe que casi se nos muere en la ambulancia, no tengo más remedio que pensar que el tontaina que tiene mocos y quiere la baja laborar porque le molesta la garganta y tiene tos es un imbécil.
Se me salta el gesto insultante a los que visitan una y otra vez en busca de pruebas que pongan nombre a sus padecimientos banales, llega un momento en que la paciencia es un bien preciado que tuve en otro tiempo pero ya no me queda en reserva. No todo tiene un diagnóstico y un tratamiento preciso. No está en mis manos hacer de bruja de la tribu siempre, ¡ojalá fueran resolutivas las patas de conejo y el aloe vera! En muchas ocasiones desearía simplemente roncar. A pesar de todo intento agotar mi imaginación en busca de derroteros inexplorados. Pero mis jefes no me acompañan. Me ponen cotas de objetivos muy altas pero me limitan los recursos humanos a términos risibles.
Siempre acabo el día, el medio día, con sensación de estar en una guerra perdida. El cansancio me destierra el resto del tiempo a una inexistencia brutal.
No lo entiendo.
Se me escapa el motivo por el que aún sigo sintiendo deseos de hacer algo por resolver algún problema de salud de otra persona. No sé si es la inercia o un angustioso temor a sentirme culpable si dejo de hacerlo.