10 oct. 2012

Guardaespaldas de limón


Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchidiviú, así hace la gota,...

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos por mi retaguardia, a traición...


Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón...


Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.


Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.



[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]

Atada



Atada de boca y manos, sin ligaduras, sólo con el silencio y la no posibilidad de actuar como pienso.
Me encuentro en el lugar que me has puesto.
Me has elegido como observadora, como buscadora de soluciones para tí.
Me ha prohibido el universo aproximarme a tí. Me obliga a una frialdad, que estoy muy lejos de sentir.
Opto por apegarme al papel que contigo me ha tocado jugar.
Alejo todas mis dudas. Es el único lugar en el que las dudas no tienen lugar.
Te sigo con mi pensamiento en tus devaneos recorriendo un sufrimiento que yo sé que será más prolongado de lo que te dejo entrever.
Acepto mi papel de madre y de padre para cuidarte en una distancia prudencial.
Dejo que lo supuestamente ético se adueñe de lo supuestamente correcto.
Y te dejo desvariar, sabiendo que estás enfermo de amor.
Y a mí se me ha permitido el papel de espectadora y facilitadora.
Sigo el camino recto, haciendo ojos ciegos y oídos sordos a lo que me tienta para desviarme.
Me siento dura en esa posición que no he elegido.
Pero me salva saber que no traicionaré tu confianza.


Atada de ideas y dedos, estoy sentada desesperada delante de la pantalla.
Mi mente da órdenes para escribir algo que a mí me parece hermoso.
Y una y otra vez mis dedos se empeñan en teclear mediocridades, párrafos desestructurados, frases llenas de incorrecciones, expresiones incongruentes,... en definitiva, textos que me hacen sentirme muy por debajo de tí.
No sé si te he sobrestimado, y he olvidado que tan sólo mi individualidad implica un estilo único.


Atada y amordazada, mi boca y mi corazón lloran sin lágrimas porque no he sabido decirte cuánto te quiero por la intensidad de mi sentimiento.


Atada por mis súplicas, por el poder que sobre mí yo misma te he concedido.
Bloqueada por mis propios movimientos, por mis pasos en falso.
Limitada por la vehemencia de mi propia tormenta.
A disposición de tus caprichos injustos, emprendo intentos de vuelo que siempre acaban siendo vuelos fallidos.
Nado entre dos aguas, viajo entre dos tierras.
Me he colocado en situación en la que florecer será sólo posible al estilo de los cactus.
Mis propias espinas se vuelven hacia mí.


Una máscara veneciana, negra, blanca y roja, me ha prohibido emitir sonidos. Sólo me deja mantener una postura hierática o farsante. Los guantes que la acompañaban cuando se la compré a ese viejo del puestecillo han sellado mis manos en una expresión determinada por un guión teatral.
Es curioso.
Yo me miro y no me reconozco.
Sin embargo veo, con asombro, la cara de quienes me contemplan extasiados con toda la belleza, todo el drama, toda la sorpresa que soy capaz de crear con este disfraz.
La máscara tiene fecha de caducidad. Pero yo la desconozco. Y, mientras tanto, yo soy esclava de ella y de sus guantes comparsa.
En esta cárcel de oro, que yo no veo, pero que empiezo a reconocer por sus efectos, vivo en la duda perenne.
Si lo que siempre me construyó se caracterizaba por una capacidad de adaptación sin límites, ¿por qué ahora el límite es mi existencia?
Si el aire era mi esencia, ¿porqué ahora me cuesta tanto trabajo respirar?

No mangar e-book

Querido Inda:





No, si yo ya lo sabía desde el principio, tú sólo me quieres por mis aparatos electrónicos y lo demás son aderezos de Don Juan de internet.
Me mosqueé bastante cuando te apoderaste de mi centro de planchado, eso de pasarte el día planchándote las camisas no iba con tu estilo primigenio, siempre me pareciste más bien del club de la greña y la legaña natural.
Me puse también muy triste cuando tus arrumacos de hombre miel se transformaron en largos silencios, tú contemplando fascinado la pantalla de mi Mac Pro con procesadores de xeon westwemere, y yo contemplándote a tí desde atrás mirando melancólica la curva de tu deltoides y recordando cuando aún bebíamos agua.
Pero lo que clama al cielo es que me hayas robado impunemente mi lector de ebooks. ¿Para qué narices lo quieres? He visto que te lo has pegado a esa barriguita tan adorable que tienes con esparadrapo, a modo de tableta de abdominales ¿no?, a lo mejor te piensas que va a producirse un trasvase cultural por osmosis barriga-ebook.
Esto raya ya la más absoluta desidia y desfachatez.
Te abandono. Ahí te quedas con mi lavadora ultrasónica de frigoríficos y mi máquina de coser.
Yo me largo con el del butano,como tiene que ser, hay que conservar las tradiciones.
Si por casualidad te das cuenta de que ya no estoy en la casa, no me mandes un email, mejor mándame un bote con tus babas, es posible que sea la única manera de redimirte.


Te quiere
Perlita Juliana