29 ago. 2009

Voy a escapar a reacción


Me voy a escapar volando en un avión a reacción. Voy a huir de tus peligrosas ideas, de tu ciega lengua y de tu imagen, que me dejan herida. No desertaré de ser tu fantasía. Pero a tí no te quiero. Ya se me pasó la vida y, ahora que soy un cyborg, se me acabaron las flores, los óvulos y la miel con chocolate. Saldré en un disparo que dejará un estallido tras la barrera del sonido, para entonces ya no sabré dónde estaré. Arrastraré mis cascabeles, mis risas y los rizos por otras nubes. Ni siquiera necesito sangre, ni oírte llorar.
Mi idea se queda, pero yo me voy, me voy antes de que llegue el invierno, aunque sé bailar en el hielo. Mi vida huye y yo me voy detrás de ella. Me desintegraré en pequeños fractales para que te quedes con unos cuantos. Pero ya no soy tu niña, ni si quiera tu amor.
Cuento, cuento despacio, uno, dos, tres,... seiscientos,... dosmil...
Espero el arranque.
Me aseguro de que todo está en su sitio. Pero nada sucede.
Me miro a mí misma extrañada.
Me compro una dinamo en un bazar de un viejo y me la instalo en la espalda, pero ni así. No arranca el cohete, no existe el avión, me he quedado transformada en una burbuja de ideas.
Me he quedado enganchada a tí para siempre.

25 ago. 2009

Brillo Naranja


Pues cuando comprendí que había perdido totalmente mi capacidad de relacionarme con las personas, si no era con uniforme por medio, empecé a sentirme algo inquieta. Un picor de ingles y sobacos me puso nerviosa y me pregunté qué remedio podría sacarme de tal rigidez.
La evocación de mi vecina vino en mi ayuda. Otros tienen hadas madrinas o abogados. Yo sólo cuento con evocaciones. En este caso recordé a mi vecina, relaciones públicas por excelencia, locuaz, políglota, polífaga, polígama y experta en no dejarse apabullar. Así que intenté ponerme en su lugar y tratar de pensar en qué es lo que haría ella en mi lugar para volver a relacionarse con el mundo de las personas, que no es el mismo que el de la gente.
Me puse un brillo naranja en los labios y el pelo algo alborotado, pero fui incapaz de prescindir de un virginal vestido azul marino con lunarcitos blancos, la perfección estética siempre se me ha resistido.
Me fui a un lugar hiperpoblado. Paseé con sonrisa tierna y esperanzada arriba y abajo. Oí cómo un señor de metro noventa con un niño sentado en los hombros le decía alegremente que iban a ver los barcos. Fui yo también a ver los barcos. Pero ni el señor de metro noventa, ni el niño, ni ningún barco tuvieron a bien dirigirme la palabra.
No importa, me dije para mis adentros, Roma no se conquistó en un día. Aunque lo cierto es que el naranja de mis labios comenzaba a quedarse mate limón.
Algo harta de mi empeño en reconquistar a las personas, encendí un cigarro, claro que, como no soy fumadora, me entró una terrible tos de perro y arrojé la colilla a una papelera, provocando un incendio de siete pares de narices.
Acudieron bomberos, colegas y todo tipo de seres uniformados que me hicieron recuperar mi fe en el uniforme.
Pero bien sabe Satanás que la vida es dura: ninguno tuvo la decencia de fijarse en el brillo naranja de mis labios. Se dedicaron a rescatar individuos semicarbonizados y me dejaron más sola e insignificante que una rata siberiana.
Volví a mi casa triste y compungida, me puse un camisón con encajes y puntillas, abotonado hasta la epiglotis, y soñé que era un elefante africano.

2 ago. 2009

El mapa de esponja


Calle aire, calle pajaritos, calle pintor Sorolla,... y otra vez en la misma plaza, esta calle ya la he pasado, y el mapa me absorbe como una esponja, primero me hace sudar y luego me absorbe a mí sin dejar ni rastro, me vuelve a soltar en algún lugar del que ya conozco todos sus poros y me deja resbalarme entre calles, callejas y plazas para volver a evaporarme. No tengo hilos de ariadnas ni busco huir de minotauros, sólo quiero salir de este embrollo. Me paro un momento en la sombra, pegada a la pared, ciero los ojos y me doy cuenta de que estoy siguiendo mentalmente el mapa de otra ciudad, por eso no encuentro tu calle, te has ido demasiado lejos, es más ni siquiera estás por aquí y el coche me ha dejado en un lugar cualquiera que yo no deseaba visitar.

Calle flores, calle perdigón, calle San Agustín,... me da igual, desisto de encontrarme y sé que no te voy a encontrar. Se me ha acabado la botella de agua y veo una heladería plantada allí en medio como un espejismo. Absorbo el helado con sed de campamento y el mapa me absorbe otra vez a mí. Paseo por la orilla del río Agua Plana y me doy cuenta de que estoy al otro lado del mundo o de la calle o de la ciudad. El coche me ha abandonado, pero no es consciente de ello, se lo perdonaré y le renovaré la válvula EGR, el pobre se lo merece, que ha caminado mucho. A tí no sé si perdonarte, pero sé que me derretiré como una mantequilla sin marca cuando te vea y todas mis decisiones se evaporarán y serán absorbidas en otro mapa cualquiera.

Es tan fácil desaparecer.
[foto:Vesconte Maggiolo, Portolankarte (1541)]