28 jun. 2009

Hablando de vainillas


Elena, que te tengo dicho que como te sigas poniendo ese perfume con olor a flan te voy a mordisquear cualquier día, que cuando haces tartas de cumpleaños para los niños con la vainilla del supermercado me pones nervioso, tenso, como un galgo en posición de haber encontrado a la presa, en posición de caza, que cuando te traigo flores y buscas con avidez los estambres para empolvarte con ellos, se te ruborizan las mejillas y ya estamos liados otra vez, porque la cara de vainilla con la que me miras es peligrosa.


Creo que tú no has pensado seriamente en las consecuencias de tu candidez, niña, yo no puedo mantenerme firme ahí tan serio y quietecito, mientras tú te embadurnas en la ducha con ese gel que te regaló tu tía cuando vino de Nueva Zelanda, de vainilla, por supuesto. Aquí va a haber una guerra de pétalos, o de capullos, me parece que vamos a tener que recurrir a las violetas, que agotan menos.

Líneas blancas rellenas




¿Y ahora qué hago?


Me dejaste la tarea de rellenar pensamientos en blanco, para adivinar sus silencios, rellenar páginas en blanco, sólo con ideas, sin romper los vacíos, para proteger su limpieza de intrusos, no me diste la llave de abrir candados, porque no los había, pero me encontré con el blindaje de acceso no permitido a imaginaciones pobres de solemnidad.


Así que qué hago ahora,... como no sea por telepatía, como no adivine a distancia qué piensas, qué sientes, qué haces y, sobre todo, qué quieres decir...


Hace tiempo que no escribo con puntos suspensivos, es más hace tiempo que no pienso con puntos suspensivos, mis jornadas están cargadas de contenido, sin tiempo para el vacío. Y como has emitido la palabra vacío, para que yo la rellene, la lleno de líneas blancas, tú ya sabes lo que significan. Pero si me incitas, mi capacidad de rellenadora no encuentra límites, mas que los que empiezan como en un suspiro y acaban en un gemido, como me dijiste una vez, o a lo mejor no lo dijiste pero yo lo soñé.


Te van a salir líneas blancas de todos tus pensamientos, se te van disparar desde tus ideas, no voy a tener que decir nada, porque tampoco tú has dejado que nadie se entere, y ya no hablo del silencio, y ya no hablo del vacío, ni siquiera hablo del blanco, sólo de lo que yo espero y de lo que tú has emitido.

26 jun. 2009

Mi hombre ovejeto


Querido Deifontes, hombre ovejeto mío, cuánto tiempo hace que no balamos relajadamente por la era, ya se me van notando las lanas y también las ganas de oler tu piel de corderito, mi vida no es nada sin tí, tú ya lo sabías, pero te lo digo para que te regodees. ¡Ay ovejeto mío!, que ya me he quedado trasquilada y aún no encuentro mi refugio, las espigas se agostan y tú ya no me agotas, entre otras cosas porque no estás. Recuerdo el jolgorio de nuestro paseo en el trillo, con la mula rezongando por el mal ejemplo que le íbamos dando. Mi Deifontes, mi alma ausente, mi ramillete de cardos se queda sin pinchos y se me desecan los humores, pero no hay manera de que se me escurran los amores, esos que yo te tenía y que no huyen escaldados de mis memorias, las que guardo entre lazos y algodones. Qué bonito es sufrir a pecho descubierto, aunque ahora se llama en topless, o sin enaguas ni calzones, y ya de paso, rebozándose por las esquinas de los colchones. Se me sube la poesía a la cornamenta, Deifontescito mío, o bueno, de cualquier otra, pero mi ovejeto, al fin y al cabo, porque esa palabra no te la habrá regalado nadie jamás. Te fastidias y te quedas sin ella, en venganza por el abandono. Me voy a balar por los montes. Nos veremos en el paraíso, que es más agotador que los infiernos, y te vas a enterar de lo que vale una pezuña.

6 jun. 2009

Conversaciones en un autobús con aspiraciones a metro




Ella me miraba y me veía la oreja, estaba su deseo lacivo de poseer mi oreja y clara su intención de asegurarse al menos de mi capacidad de percepción auditiva, y anhelante de comprobar si mi oreja captaba sus melífluas frases y sus labilidades emocionales rememorando su encuentro con su médico. La captación por parte de mi cerebro, sin embargo, tenía órdenes precisas de filtrado y distribución de la información de forma suficiente para producirme en la cabeza un movimiento como el de los perritos de adorno de los coches, en una afirmación perenne y estirando ambos labios (los de la cara) de forma increíblemente elástica enseñando una dentadura ofensiva en su perfección, así que en mi ausencia no me dí cuenta de que ella ya había pasado a enumerarme las endodoncias, peridoncias, y otras transfixxiones perpetradas por su dentista en su boca y en su espíritu. La señora era amable, he de reconocerlo, mi amabiliadad siempre ha dejado mucho que desear, la señora tenía verdaderos deseos de comunicación, los míos estaban más próximos al del ermitaño. Pero soporté con sonsrisa estoica cuando me dio caramelos para mis niños (aún no estaba yo muy segura de si tengo hijos) y me dijo que mi marido debería sentirse afortunado por tener una esposa como yo (posiblemente el proceso de pensamiento de mi exmarido pertenezca a otra escuela). Me dirigió una profunda mirada de gallina maternal protectora (pensé: "otra") y vaticinó que mi futuro sería muy productivo, dada mi gran capacidad creativa, su ceguera mental le impidió ver el caos. De cualquier forma le devolví sonrisa de escuela de monjas de las de antes. Por suerte estaba en Madrid, podía elegir por igual el caos o el orden. A mi lado tenía el ministerio de Agricultura con esas impresionantes estatuas en la parte superior amenazando con llevarme en sus carros a no sé qué otros tiempos igual de ilógicos. Y por lógica también, en los metroautobuses las conversaciones unilaterales no duran más de cien años. Luego eché de menos el soniquete zumbón de su voz en mi oreja, era un símbolo de orden en un mar revuelto de sonidos con menos vocación de mutismo que la mía.

Hice mutis por el foro,

o a lo mejor muté a óleo flamenco para colgarme en las paredes de algún museo de alguna Baronesa, que es que a veces pierdo las memorias.