13 may. 2009

cuerpo a cuerpo, compañero


Desde que te percibo con los ojos cerrados, me entero mejor de lo que eres y de quién eres. Poso mis manos en tus hombros y los percibo más recios de lo que había calculado, se parecen a tu obstinación, la que te está sirviendo para domarme, la que excita mis iras para luego dejarme riendo al darme cuenta de la intrascendencia de ciertas actitudes.
Me acerco a tí con los ojos cerrados y, aunque conservo la imagen de tu cara, de tus ojos curiosos y divertidos, también palpo temblores de emociones inconfesables.
Así que huelo el cuello y las orejas, me río un poquito por lo bajini, y dejo que te pongas colorado hasta las meninges. ¡Te he descubierto!, te estabas haciendo pasar desapercibido, pero se te nota, me ha llegado el resuello de tu respiración, y eso, a ojo cerrado, es una confesión de entrega y de deseo.
Cómo me gusta tontear contigo en esos instantes tan escasos en torno al desayuno, tomarte el pelo para que me hagas caso y no te escapes en un tren que por aquí no pasa. Me encanta incitar tu vehemencia, para que te enfades, me gusta llevarte la contraria porque sí, me hace mucha gracia sentir cómo te lo tomas a pecho.
Pero más me gusta cuando suelto algo que te deja desconcertado, que ni yo misma había calculado, que lleva a un estrecho brazo, un cuerpo a cuerpo de compañero, compañeros en la lucha y también en el deseo.

Hoy suavizaré mi ritmo, te daré tiempo para que pienses, porque yo no
quiero pensar, sólo pecibirlo, percibirte.