22 jul. 2011

Vino endemoniado


Bueno, nada, lo de siempre.
Me bebí el vino y tuve que negociar con mi demonio, cada uno tiene el suyo, uno o varios, yo sólo tengo uno.
El de la rutina de ciruelas que ya conté hace varios años. El demonio gris ciruela que no me deja cambiarme de acera para verlo todo con otra mirada y conocer nuevos mundos.
Demonius iterativus, repetitivus, machaquivus.
Me bebí el vino ese tan negro en el que es difícil distinguir si se ha colado alguna cucaracha despistada de la bodega. Y otra vez apareció la mermelada de pensamientos que estriñen mis ideas.
Entre medias pensaba en tí, pero no me atreví ni a suponer que pudiera acercarme alguna vez sin sentirme como una muela cariada.
Como siempre.
Te he visto derrumbarte y la rutina de ciruelas no me ha dejado ni siquiera tenderte una mano, tengo miedo de que me puedas morder.
Se me forman hologramas de tu cara rodeando mi cara ebria y a ratos parece que me voy a convertir en mantequilla que se pega a la mermelada. Pero me frena otra vez ese demonio que sale de este vino dramático. Me produce una borrachera en la que me quedo sorda y ciega, pero no muda.
Así que le he dicho que deje de visitarme como si fuera un capricho de Goya. Me he escondido en el armario del cuarto de baño entre aromas de perfumes y elixires bucales, para ahuyentarle como a un mal aliento.
Pero me ha arrastrado otra vez hasta la idea de tí.

Foto: Galina Barskaya