6 sept. 2009

Kukuphatopoicos


Kukuphatopoicos tiende la ropa amorosamente en la terraza al final de la tarde, en medio de ese silencio que despide a los pajarillos para saludar a los murciélagos. Ha estado en el campo recogiendo un ramillete de pulsatillas y la paz hace ondular sus orejas.

De repente se oye el anuncio de lo que será un estruendo, no está claro si es una tormenta o un terremoto, pero el suelo no vibra. Vibra el corazoncillo de Kukuphatopoicos por la taquicardia que le produce la plenitud de ese sonido que parece el de algún misil en campo de batalla, pero tampoco hay ecos de tiros de respuesta. Algo ha atravesado la barrera del sonido y se rompe el cuello mirando a todas partes.

Mientras se sujeta la cabeza con las dos manos, ve por fin un triángulo que se parece a los mirlos que hay alrededor, pero de pronto se convierte en un avión-tenedor con el mango apuntado hacia una caída en picado.

Kuku siente vértigo y casi llora pensando en sus pulsatillas. Aunque a veces ha soñado en montar en una bici supersónica, pero sin vuelo, que eso da mucho susto.

El tenedor-avión hace un loop y remonta dejándolo todo sordo con un sonido que no se sabe si va persiguiendo al avión o huye de él.

A Kuku se le ha caído definitivamente la cabeza, y es una pena, porque es un factor vital para poder tender la ropa.

Los calcetines se resecan retorcidos a medio camino entre las cuerdas y el suelo, y ella yace en un mar de decibelios.