5 sept. 2012

7 cerebros compartidos 7


Es bonito empezar en Septiembre, todavía no se han caído las hojas y el mar aún no se ha enfadado demasiado.
Después de tantos años me sigo poniendo nervioso esperando el momentazo. Cuando comienza el curso y yo tengo que saber con quiénes cuento para ver si aprendo algo. Bueno la verdad es que soy yo el que tiene que enseñarles algo a ellos, pero como aún no tienen mi nivel de conocimientos, que no es mucho, siempre aprenden algo. Lo más interesante es lo que ellos me transmiten a mí. Y el primer día todos tienen los ojos redondos.
Los chavales son especialistas en poner los ojos redondos, signo de su disposición a percatarse de todo, a fijarse, aunque luego les importe tres pimientos y medio lo que intentes decirles. Y así es, otro año más, entro en el aula, mientras ellos aún no tienen confianza suficiente para tirarse papeles ni romperse las gafas ni otras amorosas crueldades. Aún se sienten aislados, si no conocen a los otros y piensan que son tontos pero que los demás no tienen por qué darse cuenta.
Mi mirada triunfal, esa que invade el primer día, abarca todas las cabecitas. La de final de curso ya será una mirada algo más humilde o, para ser sinceros, de estar hasta las narices. Pero estrenar curso es como cuando yo estrenaba lápiz y goma de pequeño.
Me miran, sé que tengo que decir algo, muchas cosas, pero me gusta hacer notar que estamos delante de una pizarra en blanco, bueno verde-gris, y que nuestra relación va a ser laaaarga e intensa.
A veces me doy cuenta de entrada: son unos zoquetes este año y no lo pueden disimular. Y les digo que no está mal que entre los 7 podemos lograr un cerebro, cosa que ya es mucho, con uno solo entre todos, me doy con un canto en los dientes.
Pero el primer día no suelo llegar a tanta sagacidad.
Y empieza el momentazo, ese en el que yo voy soltando metralla y ellos me miran con gesto de potenciales premios nobel, y yo me engaño, me gusta engañarme a conciencia, pensando que me están captando, que están entendiendo todo y que son la esperanza de la humanidad. Aún no he descubierto al tonto del todo, ni al cruel hiperbólico. La crueldad es un bien innato en todos ellos, con un nivel de manifestación más o menos censurado. Pero siempre existen, en todo curso que se precie, el cruel de solemnidad y el tonto de solemnidad, que forman parte del paisaje de un aula como los naranjos en Valencia. Pero yo aún no lo sé, no los distingo. Bueno, también existe el alumno esquizo, especialista en desestructurar todo empezando por él mismo y dando porculito lo que no está escrito, el generador espontaneo de sangre, sudor y lágrimas.
Y yo, feliz, empiezo el aprendizaje. El mío. No, no se trata de que yo les enseñe algo a ellos, eso es demasiado fácil ya para mí. A poco que hagan caso, darán un salto con las cuatro chorradas que yo aporte. Se trata de mi aprendizaje, de lo que yo puedo aprender de ellos, de lo que ellos me enseñan a mí, sin nómina fija ni complementaria, ni tan siquiera extra de Navidad. Son los verdaderos maestros. Sus peculiaridades me doman como a un tigre sin rayas. Es tan asombroso que un chaval pase de los rollos patateros que le cuento y llegue a sus propias conclusiones sin tantas vueltas como me costó a mí, que me lo paso bomba dando clase. Es posible que siempre me haya producido envidia la chulería infantil, o la capacidad de poner la mente en blanco sin enterarse de nada, porque ya están en un umbral superior. A lo mejor es que yo soy simple, o demasiado llano, aunque mis colegas me consideren un genio. No sé. Sólo sé que estrenar curso y saber todo lo que voy a sacar de allí me produce calor, temblores, respiración acelerada y algo de mareo.
Lo mismo es que al estar con ellos me da la gripe.