2 ago. 2009

El mapa de esponja


Calle aire, calle pajaritos, calle pintor Sorolla,... y otra vez en la misma plaza, esta calle ya la he pasado, y el mapa me absorbe como una esponja, primero me hace sudar y luego me absorbe a mí sin dejar ni rastro, me vuelve a soltar en algún lugar del que ya conozco todos sus poros y me deja resbalarme entre calles, callejas y plazas para volver a evaporarme. No tengo hilos de ariadnas ni busco huir de minotauros, sólo quiero salir de este embrollo. Me paro un momento en la sombra, pegada a la pared, ciero los ojos y me doy cuenta de que estoy siguiendo mentalmente el mapa de otra ciudad, por eso no encuentro tu calle, te has ido demasiado lejos, es más ni siquiera estás por aquí y el coche me ha dejado en un lugar cualquiera que yo no deseaba visitar.

Calle flores, calle perdigón, calle San Agustín,... me da igual, desisto de encontrarme y sé que no te voy a encontrar. Se me ha acabado la botella de agua y veo una heladería plantada allí en medio como un espejismo. Absorbo el helado con sed de campamento y el mapa me absorbe otra vez a mí. Paseo por la orilla del río Agua Plana y me doy cuenta de que estoy al otro lado del mundo o de la calle o de la ciudad. El coche me ha abandonado, pero no es consciente de ello, se lo perdonaré y le renovaré la válvula EGR, el pobre se lo merece, que ha caminado mucho. A tí no sé si perdonarte, pero sé que me derretiré como una mantequilla sin marca cuando te vea y todas mis decisiones se evaporarán y serán absorbidas en otro mapa cualquiera.

Es tan fácil desaparecer.
[foto:Vesconte Maggiolo, Portolankarte (1541)]