26 jun. 2009

Mi hombre ovejeto


Querido Deifontes, hombre ovejeto mío, cuánto tiempo hace que no balamos relajadamente por la era, ya se me van notando las lanas y también las ganas de oler tu piel de corderito, mi vida no es nada sin tí, tú ya lo sabías, pero te lo digo para que te regodees. ¡Ay ovejeto mío!, que ya me he quedado trasquilada y aún no encuentro mi refugio, las espigas se agostan y tú ya no me agotas, entre otras cosas porque no estás. Recuerdo el jolgorio de nuestro paseo en el trillo, con la mula rezongando por el mal ejemplo que le íbamos dando. Mi Deifontes, mi alma ausente, mi ramillete de cardos se queda sin pinchos y se me desecan los humores, pero no hay manera de que se me escurran los amores, esos que yo te tenía y que no huyen escaldados de mis memorias, las que guardo entre lazos y algodones. Qué bonito es sufrir a pecho descubierto, aunque ahora se llama en topless, o sin enaguas ni calzones, y ya de paso, rebozándose por las esquinas de los colchones. Se me sube la poesía a la cornamenta, Deifontescito mío, o bueno, de cualquier otra, pero mi ovejeto, al fin y al cabo, porque esa palabra no te la habrá regalado nadie jamás. Te fastidias y te quedas sin ella, en venganza por el abandono. Me voy a balar por los montes. Nos veremos en el paraíso, que es más agotador que los infiernos, y te vas a enterar de lo que vale una pezuña.