24 ago. 2016

El Aspergillus Niger




El Aspergillus Niger se estaba cebando con el papel del cuadro, ese que me regaló Ana un día de sol, el de la reproducción de Gaugin, Músicos y bailarina. El papel colonizado por el moho que se había instalado en él como una tribu de quinceañeras en un centro comercial, iba tomando por días una variedad de matices desde el color rosa intenso, morado, hasta el negro.
No sé si me gustaba más el cuadro de Gaugin, la colonia de aspergillus o el vecino, cuya humedad filtrada estaba desencadenando lo que comenzaba a ser un drama.
Cada vez que me sentaba al escritorio junto a esa pared, el olor a moho me invadía las fosas nasales y los bronquios. Intentaba escribir y tomarme el enésimo café, pero se me desencadenaba un crisis de estornudos que me obligaba a volver a empezar.
Para consolarme me dio por fantasear, otros beben vino, pensando que mi vecino me estaba tirando los tejos de una forma muy original. Con tantas visitas yo a su casa y él a las mía acompañados de los técnicos de los seguros y los fontaneros, a modo de carabinas, ya empezábamos a tenernos simpatía a pesar de las humedades.
Se me ocurrió hacer testamento e incluirle a él para que heredara mi casa, mi cuadro de Gaugin y esos aspergillus tan bien cultivados que teníamos a medias.
Siempre fui un poco tiquismiquis a la hora de ligar.
Y aquí estoy ahora elucubrando cómo deshacerme de su cadáver, que me ha caído como un cólico biliar amargo e imprevisto.

Imagen: Rita Udina