7 ago. 2015

Marisopli




La Doctora Garbanza es un hacha controlando a sus pacientes diabéticos, pero ella luego se pone morada a leche, colacaos y galletas. Es un pelín adicta al trabajo, pero sólo en horarios laborales y fiestas de guardar. Le gusta una ambulancia más que a un niño el chocolate belga. A ratos se sobrecarga, se le electrizan los pelos de Gorgona y estalla en tormentas de furias un tanto melodramáticas. Luego tiene que ir recogiendo los vidrios rotos y pidiendo perdones por las esquinas. Pero se le desencadena el chorro de voz dulce de disculpa de niña buena y hasta los káiseres se le derriten. Es una profesional de la segunda oportunidad.
Anda algo enamorada de su propia sonrisa. En realidad siempre sueña con enamorarse de la sonrisa de otro, pero se hiela en sus viajes a la irrealidad y se deja derrotar por sus temores. Nacida para león, se quedó en hormiga ruda, palpando el mundo con antenas demasiado sensibles para sostenerla. O quizá se convirtió en tortuga, como suele suceder en todos los autorretratos, con exceso de conchas, pliegues, arrugas, recovecos y pensamientos largos.

Madraza.

Cacho pan.

Pierdegafas.

Curamártires.

Elefanta todoterreno.

Juanetes de trotamundos que siempre giran en torno al mismo eje. Pies de abadesa carmelita descalza. Fundaconventos inútiles.

Paraguas de desiertos.

La Doctora Garbanza heredó el don de aspirante a la longevidad. Reanimadora de plantas de terraza que murieron hace años, a las que contempla con ojos miel, algo ovejunos, como reflejo de sus vaivenes. Pero siempre con deseos de vivir, a su pesar, no de vegetar.


Soledad González Fernández