7 dic. 2015

Dra. Ballénez



¡Vaya, otra vez!
Mari Curri, vestida con su uniforme de urgencias, es una fenómena.
Quien dijo que el hábito no hace al monje estaba equivocado, cuando ella se pone su ropa azul y naranja, salta, corre, vuela y hasta piensa. Se lo pasa bomba cuando los chicos la llevan de paseo en la ambulancia para que salve vidas, o al menos lo intente, si se dejan.
Los compañeros se dirigen a ella como Dra. Ballénez, porque como anda sobrada de mollas, michelines y lorzas se ve obligada a trabajar con faja de ballenas para disimular. No, no es que sienta pena, bueno y tampoco gloria, sólo se nota un poco incómoda, tanto por la opresión de las ballenas como por la presión de sus colegas, que se empeñan en que deje el bocata y el chocolate como armas de segundo uso.
Su marido Bartolo, que es muy delgadito, se siente muy atraído por ella, sobre todo en el colchón. Duerme agarrado a una esquina del mismo, para no resbalarse en la cama y hundirse bajo su personalidad. Es más, cuando ella está de guardia, duerme abrazado a una bombona de butano para mantener los equilibrios interpersonales.
El martes pasado ocurrió un drama, fue necesario hacer RCP a un señor que estaba muy muerto. Mientras ella manejaba la vía aérea no hubo problema, lo malo fue cuando relevó al técnico de la ambulancia para mantener el ritmo realizando masaje cardiaco. ¡Ay, pobriña!, el señor resucitó por un rato, pero a ella se le clavaron todas las ballenas de la faja en los híjares y se le produjo un neumotórax y tuvieron que llamar a otro equipo para rescatar a la rescatadora.
En la cama del hospital, ha dicho que ese no será su lecho de muerte y, haciendo una concesión sin precedentes ha prometido por San Cacao bendito, dejar de darle al diente y la galleta por las noches.