13 mar. 2013

Un campo comestible



Lo bueno de vivir de niña en un pueblo pequeño, aparte de mondarte de risa corriendo detrás de las gallinas y los pollitos, es que el campo está ahí. Te despiertas con cantos de gallos de verdad, extiendes la mano y chas, ahí está el campo, junto a las gafas.
Por ejemplo, un abril cualquiera, cuando ya se ha hartado de llover y de nevar y las hierbas se revolucionan, vas con las amiguitas a comer panecillos de malvas, las semillas que hay antes de que se abra la flor, que están ricos ricos. O ya más cerca del verano, te metes en el trigal y entre pasillos de espigas verdes, que te hacen cosquillas y te pican en las piernas y en la cara, arrancas unas cuantas y luego mientras caminas de vuelta por un sendero de barro al lado del arroyo, vas abriendo con mucho cuidadito los granos y comiéndotelos, después de superar la prueba del algodón de quitar las "barbas" de la espiga. Claro que en mayo es un placer infinito correr por campos verdes con muchas amapolas buscando acederas, arrancar las hojas y guardarlas para zampártelas luego en torno al mantel de cuadros, con varios tazones con sal, pimienta, vinagre y pimentón, en los que vas mojando la hoja de la acedera para luego poner la cara que se pone cuando te comes ese manjar agrio, salado y picante. Claro que ese día, por el camino. también te has comido unas cuantas semillas de una flor blanca que llaman panyqueso, que no sabes lo que es pero que sabe buenísima. Y has completado el menú chupando el líquido dulce de los pétalos arrancados de flores violeta que tampoco sabes cómo se llaman.
El sol tibio y alegre te hace pestañear y reírte con las cosquillas que te hace en la nariz.
O juegas junto a la verja del jardín de doña Manolita, que tiene numerosas plantas trepadoras escondiendo tesoros que nadie conoce. Y arrancas las hojas de la hiedra probablemente venenosa y las masticas con fruición, aguantando ese sabor amargo y ácido que te deja la boca hecha un zapato, pero no te mueres.
A ratos también, mientras charlas acerca del olor a tiza de doña Asun la maestra, tirada panza abajo en una hierba mullida, arrancas briznas y las masticas distraída, como el que come patatas fritas en la terraza del bar  tomándose la cocacola con los amigos, ya de mayor, claro.
Y te ríes como una loca en la era haciéndole perrerías al mulo que tira del trillo porque está en desventaja con sus anteojeras y no os puede dar coces.
Y te dejas pasear en el trillo sobre ese trigo amarillo, el polvo dorado, la paja rubia y te dejas arrastrar por esos tiempos infinitos.

Huele al campo que ya no existe.


Foto Trigal