22 jul. 2011

Vino endemoniado


Bueno, nada, lo de siempre.
Me bebí el vino y tuve que negociar con mi demonio, cada uno tiene el suyo, uno o varios, yo sólo tengo uno.
El de la rutina de ciruelas que ya conté hace varios años. El demonio gris ciruela que no me deja cambiarme de acera para verlo todo con otra mirada y conocer nuevos mundos.
Demonius iterativus, repetitivus, machaquivus.
Me bebí el vino ese tan negro en el que es difícil distinguir si se ha colado alguna cucaracha despistada de la bodega. Y otra vez apareció la mermelada de pensamientos que estriñen mis ideas.
Entre medias pensaba en tí, pero no me atreví ni a suponer que pudiera acercarme alguna vez sin sentirme como una muela cariada.
Como siempre.
Te he visto derrumbarte y la rutina de ciruelas no me ha dejado ni siquiera tenderte una mano, tengo miedo de que me puedas morder.
Se me forman hologramas de tu cara rodeando mi cara ebria y a ratos parece que me voy a convertir en mantequilla que se pega a la mermelada. Pero me frena otra vez ese demonio que sale de este vino dramático. Me produce una borrachera en la que me quedo sorda y ciega, pero no muda.
Así que le he dicho que deje de visitarme como si fuera un capricho de Goya. Me he escondido en el armario del cuarto de baño entre aromas de perfumes y elixires bucales, para ahuyentarle como a un mal aliento.
Pero me ha arrastrado otra vez hasta la idea de tí.

Foto: Galina Barskaya

7 jul. 2011

Médico de blanda mollera

Lo malo de trabajar aquí es que cuando he salido a mediodía el coche estaba a 43ºC y, como estaba cantao, se me ha reblandecido la mollera. No es que tuviera una mollera brillante, no, soy un médico de inteligencia dudosa, pero con las gafas que me compré hace 6 meses parezco premio nobel. Sé que soy feo de cojones,... mejor dicho, los cojones los tengo de una estética medianera, pero soy feo de jeta ya desde que nací, lo cual no ayuda a que se me abran las oportunidades en el casting de la vida.
Y el caso es que no sé qué me ha reblandecido más la mollera, si el calor (o la caló) o el psicótico que hoy me ha caído en gracia, como cada vez que comienzo a trabajar en un centro de salud. Y que digo yo que será por la ley de compensaciones: como cuando estaba en la residencia universitaria las novatadas que me hicieron fueron ligth, pues ahora me caen psicóticos cada vez que estreno trabajo.
Venía él con su metro noventa y sus bíceps del tamaño de mi cabeza con la sana intención de matar a alguien.
Tras largos y densos minutos de negociaciones con voz sofronizante para que aceptara dejarnos ponerle tratamiento, parecía que iba a acceder, pero alguna de las voces de su cabeza le debió de sugerir que agarrara por el cuello a la enfermera y de paso comenzara a golpearse la mollera (posiblemente más dura que la mía) contra la pared recién pintada, no sé si por solidaridad conmigo. Y digo yo que eso no se hace, porque nos ha costado varios años de pedirle a nuestros jefes que nos cubrieran el presupuesto de pintar paredes roñosas con hongos y grietas.
La enfermera no llegó a ponerse mu moraíta, pero en vista de que la pobre no dijo ni pío, la soltó como a un pollo lacio desplumado en la carnicería y se vino a por mí.
No, si yo ya sabía que estas gafas inteligentes me iban a dar problemas.
En vista de lo cual no tuve más remedio que arracancarme los botones, desgarrarme la camisa y enseñarle a mi amigo mi pecho tatuado.

En el hospital han tenido que llevarle a la UCI por shock emocional por susto. Ya, ya sé que el diagnóstico no es muy clínico, pero es que en estos momentos no encuentro el código del diagnóstico en el ordenador. Al fin y al cabo ya os he confesado que, aparte de feo de cojones, soy torpe congénito.
Os dejo una foto de cómo ha quedado de reblandecida mi mollera, en vez de los 40 principales voy a tener que poner en el coche el CD de la música de París-Texas.


Fibras del tálamo: http://refugioantiaereo.com/2009/11/100-anos-de-imagenes-del-cerebro